<p>Algo altera el ya de por sí habitual bullicio matinal de la Gran Vía de Madrid. Una furgoneta blindada, cristales tintados y negro brillante espera a las puertas del <strong>edificio Metrópolis</strong>, en la confluencia de esta arteria con la calle Alcalá. Y ante ella, pese a las inclemencias, varias decenas de personas, libreta, poster o <i>funko</i> en mano, esperan el advenimiento. No es que Dios vaya a descender las escaleras, montar en el vehículo y firmar algún autógrafo a sus feligreses. Pero, a categoría de deidad, es a lo que han elevado los presentes a <strong>Chris Hemsworth</strong> (Melbourne, 1983).</p>
El actor australiano hace parada en Madrid para presentar su último thriller de acción, ‘Ruta de escape’
Algo altera el ya de por sí habitual bullicio matinal de la Gran Vía de Madrid. Una furgoneta blindada, cristales tintados y negro brillante espera a las puertas del edificio Metrópolis, en la confluencia de esta arteria con la calle Alcalá. Y ante ella, pese a las inclemencias, varias decenas de personas, libreta, poster o funko en mano, esperan el advenimiento. No es que Dios vaya a descender las escaleras, montar en el vehículo y firmar algún autógrafo a sus feligreses. Pero, a categoría de deidad, es a lo que han elevado los presentes a Chris Hemsworth (Melbourne, 1983).
Unos minutos después, el actor aparecerá. Pero lo hará en uno de los salones del exclusivo hotel-club social -aún por inaugurar al público- junto al cineasta Bart Layton. Y el constraste entre los dos artífices, uno detrás y otro delante de las cámaras, del thriller de acción Ruta de escape, que se estrena el 13 de febrero en cines, es curioso. Layton habla un casi perfecto español de sus veranos infantiles en Almería, es enjuto de cabello ondulado y su voz suena aflautada. Chris Hemsworth apenas dice tres síes en español pese a su matrimonio con Elsa Pataky, rebosa con sus músculos en la silla y saca una voz cavernosa en cada respuesta.
Y, ya sentados ambos a la mesa, empiezan a desentrañar los vericuetos de la enésima inmersión del australiano, el Dios Thor para la mayoría de los humanos -recuerden a quienes están en la puerta-, en el cine de acción. Pero esta vez algo ha cambiado. Sigue habiendo persecuciones, tiroteos e intriga, pero Davis, el ladrón de joyas al que da vida Hemsworth, es más contenido y tiene unos principios morales a los que aferrarse. Roba joyas, sí, pero sin violencia.
«Comprender el camino que alguien ha recorrido te ayuda a sentir compasión por sus acciones, independientemente de si han sido moralmente correctos o no«, expone el actor, que usa como ejemplo a un amigo, que fue miembro de la banda de moteros, y al mismo tiempo organización criminal, de Los Ángeles del Infierno. «Fue el sargento de armas más joven de Los Ángeles del Infierno y provenía de un hogar con un padre abusivo. Buscaba hermandad, conexiones familiares, y por eso se unió. Aquí vemos a delincuentes en posiciones de poder que se supone que deben defender a los buenos y a personas con un código moral en el mundo delictivo. Esa complejidad y esa ambigüedad es la vida».
Hay algo de esa búsqueda de conexiones que también define a su personaje y que ha resonado en él mismo. «Lo que me atrajo fue lo humano que era. Había en este tipo dudas, autocrítica, miedo, ansiedad. Todas las emociones humanas que no vemos en el sistema operativo del supuesto criminal. Así empiezas a explotar esas emociones dentro de ti mismo y a manipular tus propios miedos y deseos. Disfruto de ese cruce del personaje, hay algo extrañamente terapéutico en ponerse en la piel de otra persona y habitar otro espacio. Miras el mundo a través de una lente diferente, te hace mirar hacia atrás y hacia ti mismo».
- Su carrera se ha convertido en una concatenación de películas de acción de todo tipo, ¿qué ha encontrado ahí que le permite expresarse? ¿Y ha calado algo en usted de todos esos tipos duros que ha interpretado?
- Cada personaje es como un servicio, incluso con Tyler Rake [el mercenario de la película de Netflix] hay algo de asegurarnos de que hubiera una vulnerabilidad y fuera un individuo roto. Se añaden capas donde se puede y ciertas películas sirven para ciertos propósitos. Aquello era más acción pura y dura y si teníamos suerte, había algo de amenaza emocional ahí. Eso se vuelve agotador porque es solo algo físico. Sigues intentando humanizar a los personajed, pero cuantos más malos derrotan y más logros consiguen en sus misiones, se vuelven sobrehumanos. Eso es parte de la diversión del escapismo.
- ¿Y los atributos de tío duro los ha incorporado a su vida personal?
- Repito que lo que me resultó más difícil de este personaje fue desnudar a mi propia persona. Estaba siendo seguro, hablaba y me movía con confianza sin darme cuenta. Esa era la identidad que había construido e incorporado a mis personajes. Interpretar a un dios durante la mayor parte de mi carrera o grandes papel de acción pesa mucho y adoptaba sus posturas o me movía de una manera que recordaba a ellos. Eso me hace sentir muy vulnerable, no poder esconderme detrás de esa masculinidad o de las paredes que había levantado alrededor de mis propias inseguridades y miedos. Él [Bart Layton] quería verlas, explotarlas, sacarlas a la luz y eso nos lleva a esa especie de experiencia terapéutica a un ablandamiento que me pareció beneficioso no solo para el personaje, sino para mí como individuo.
¿Eso implica que Chris Hemsworth vaya a dejar los papeles de tipo duro para moverse hacia otros lugares? «No me arrepiento de los papeles que he hecho, pero quiero hacer películas que sigan desafiándome, que sean complejas y diferentes. Depende de mi estado de ánimo mi apetito por el cine cambia día a día. En un momento me apetece una gran película de acción con palomitas y al siguiente me apetece una película independiente oscura y trágica. Y me encanta todo, creo que esa es la alegría poder bailar en todos los lugares si alguien te permite hacerlo», remarca el actor que ahora llega a las salas cargado de acción.
Ese salto a las salas no es menor, en un contexto de crisis absoluta para estos espacios y en mitad del proceso de compra de Warner Bros por parte de Netflix que ha agitado Hollywood. Ahí se zambulle primero Layton: «El Covid aceleró algo que probablemente iba a suceder, el cine en casa, Netflix… todo eso. Ahora hay una sensación de que si vas al cine debería ser como un evento, pero creo que es fácil olvidar que en el cine se vive una experiencia emocional más intensa. Espero que no se trate solo de eventos, ha habido un montón de películas que se lo han recordado a la gente». Y sigue Hemsworth: «El evento debería ser ir al cine, levantarse del sofá, reunir a la familia, comprar palomitas y bebidas, etcétera. Nos han malacostumbrado a ese tipo de gratificación instantánea en el cine porque nuestra capacidad de atención se ha reducido mucho, especialmente entre la generación más joven con tantos medios y atracciones que compiten entre sí. Los diferentes estudios tienen algoritmos que les dicen ‘Oh, en los primeros siete minutos tiene que haber algún tipo de acción o gran acontecimiento’. Es aterrador ese planteamiento para hacer una película».
Ruta de escape también conecta con la realidad social que, en estos momentos, vive Estados Unidos. En una de sus escenas, un atracador de una joyería en Santa Bárbara, que no ha sacado el arma, es abatido por un agente de la policía sin previo aviso y este le coloca una pistola para justificar en el informe su disparo. Y la imagen traslada al espectador directamente a los hechos que en los últimos días se han podido ver con el ICE, las fuerzas antimigraciones de Donald Trump, en el Estado de Minnesota. «El uso excesivo de la fuerza es algo horrible. Esta película se hizo mucho antes de esos acontecimientos, pero ese tipo de comportamiento ya existía. El abuso de poder ha existido siempre a lo largo de la historia y es algo con lo que constantemente intentamos reconciliarnos. Ya sabes, mis valores morales fundamentales frente a tus valores morales fundamentales. ¿Eso es un hecho y una verdad o es solo una perspectiva y una opinión? La complejidad de todo eso es abrumadora. Tenemos un reto con los discursos divisivos, el encasillar las cosas y la simplificación excesiva de cuestiones muy complejas. Creo que hay que tener un poco más de paciencia, una visión un poco más macro de las cosas y, de alguna manera, ser un poco más amables los unos con los otros», expone Hemsworth, que, tras esa reflexión como cierre, se levanta para seguir con la jornada de promoción.
Y, a las puertas del edificio Metropolis, ya no quedan feligreses.
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