Cuidadito cuidadito con la IA

Tengo la buena costumbre de llamar cada quince días al jefe de la sección de Cultura de este periódico para pedirle opciones de temas a tratar en esta columna que están leyendo. Lo hago porque así no me repito como un loro y no acabo hablando siempre de lo mismo. Además es más gratificante, al menos para mí, escribir acerca de cuestiones que a priori no me había planteado. Me pasa con las entrevistas también, cuando a través de preguntas de terceros acabo reflexionando sobre temas que en el día a día no me había parado a pensar en ellos.

 Aunque estoy en contra, reconozco que en más de una ocasión he recurrido a ella para verificar algún que otro dato del que no estaba seguro. Y eso es muy peligroso.  

Tengo la buena costumbre de llamar cada quince días al jefe de la sección de Cultura de este periódico para pedirle opciones de temas a tratar en esta columna que están leyendo. Lo hago porque así no me repito como un loro y no acabo hablando siempre de lo mismo. Además es más gratificante, al menos para mí, escribir acerca de cuestiones que a priori no me había planteado. Me pasa con las entrevistas también, cuando a través de preguntas de terceros acabo reflexionando sobre temas que en el día a día no me había parado a pensar en ellos.

«¿Usas ChatGTP?», me pregunta. Pues no, porque considero que servidor tiene estilo propio y se vería la trampa muy fácilmente. «¿Estás a favor o en contra de la IA de Google?». Ay, amigo, estoy en contra, pero reconozco que en más de una ocasión he recurrido a ella para verificar algún que otro dato del que no estaba seguro. Y eso es muy peligroso. Recordemos que la IA no es nueva, antes se llamaba Wikipedia. Su contenido y, por tanto la información, está suministrado por cualquiera. Así que hay que tener mucho cuidado. Tomar como verdad absoluta lo que allí leas es un tanto arriesgado.

Les voy a dar varios ejemplos para alertarles del peligro que conlleva tomarse la IA como la panacea universal de la información y la veracidad.

No es la primera vez que escribo mi nombre y apellidos y no me reconoce. Me ha cambiado mi lugar de nacimiento, dice que soy de Lora de Río, en Sevilla. ¡Pero si la que ha nacido allí es mi madre! Otra cosa es que haya sido pregonero de sus fiestas en una ocasión.

Otra vez tecleé «separación de Fangoria», grupo al que represento, y la IA me informaba de que el motivo era el enfado entre mi jefe Nacho Canut y servidor al haber compartido romance con un político de provincias. Me parto y me mondo, como diría el Luisma de Aída.

Mi última incursión en este universo tan extendido entre la población fue saber la dirección exacta del restaurante Don Huevón, tortillería regentada por mi venerada Ana Torroja a mediados de los 80 donde acudí con mis primos unas navidades. El local estaba situado en el barrio de Arturo Soria. Nuestra IA lo localizaba en los aledaños de la Puerta del Sol. En fin…

Por eso, mucho cuidadito. Tenemos que tomar las fuentes de información con mucha cautela, más en estos tiempos. Por supuesto que es más cómodo darle a la tecla y no tener que estar padeciendo dolor de lumbares al consultar los tomos de la historia universal o tener que acudir a la biblioteca a conseguir bibliografía. Pero tengamos precaución, sobre todo si no estamos seguros al 100%. Contrastar es muy recomendable, sobre todo si te dedicas a esto de la información, que ha de ser veraz. No tenemos que acostumbrarnos a recibir la veracidad a través de la IA porque nos puede jugar una mala pasada. ¿Estoy exagerando?

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