Una película de miedo: La paternidad, ese terror tan íntimo (****)

En un instante de Una película de miedo, padre e hijo recorren una galería elevada en Lisboa que tiempo atrás fue acueducto. De repente, entre la casualidad y el docudrama, se pierden. O eso parece. Despliegan mapas, iluminan con sus linternas el fondo oscuro de unos corredores ciegos y se descubren uno al lado del otro. Solos y en silencio. O casi. No hay más. En verdad, y pese a lo trágico de la descripción, la escena se antoja más bien cómica. No está claro si forma parte de un hallazgo fuera del guion, o de una pequeña y simpática incursión en la ficción por fuerza terrorífica o, siempre cabe esa posibilidad, de una metáfora. Las metáforas, como los sustos, llegan cuando menos se espera. Lo cierto es que para entonces, con la película ya mediada, lo que ya no deja espacio para la duda es que la naturaleza híbrida entre la realidad y la fabulación, entre lo misterioso y lo divertido, entre el cine y la propia vida es de manera tan radical la esencia misma del último y esperado prodigio de Sergio Oksman que no queda otra que rendirse; rendirse al encanto de lo imprevisible, rendirse a la enigma de los pasillos infinitos y rendirse a la voz en off en castellano a ritmo de portugués.

 Sergio Oksman completa un prodigioso díptico con O futebol alrededor de todos los abismos que arrastra consigo la figura del padre  

En un instante de Una película de miedo, padre e hijo recorren una galería elevada en Lisboa que tiempo atrás fue acueducto. De repente, entre la casualidad y el docudrama, se pierden. O eso parece. Despliegan mapas, iluminan con sus linternas el fondo oscuro de unos corredores ciegos y se descubren uno al lado del otro. Solos y en silencio. O casi. No hay más. En verdad, y pese a lo trágico de la descripción, la escena se antoja más bien cómica. No está claro si forma parte de un hallazgo fuera del guion, o de una pequeña y simpática incursión en la ficción por fuerza terrorífica o, siempre cabe esa posibilidad, de una metáfora. Las metáforas, como los sustos, llegan cuando menos se espera. Lo cierto es que para entonces, con la película ya mediada, lo que ya no deja espacio para la duda es que la naturaleza híbrida entre la realidad y la fabulación, entre lo misterioso y lo divertido, entre el cine y la propia vida es de manera tan radical la esencia misma del último y esperado prodigio de Sergio Oksman que no queda otra que rendirse; rendirse al encanto de lo imprevisible, rendirse a la enigma de los pasillos infinitos y rendirse a la voz en off en castellano a ritmo de portugués.

Han pasado diez años desde O futebol —la película de la que ésta es continuación, secuela o simple respuesta— y se diría que las reflexiones sobre la paternidad que una película propone desde la otra (y viceversa) se contradicen, se refutan y, finalmente, se complementan hasta ser la misma. En la cinta de 2015, el director acudía a visitar a su padre al Brasil natal. Hacía décadas que este último abandonó a la familia y desde entonces no habían tenido contacto alguno. Todo sucedía durante la celebración del Mundial. El fútbol del título no era metáfora de nada; era simplemente el único, circunstancial y manoseado tema de conversación entre un padre y un hijo cuando apenas les quedaba nada que decirse. La idea era radiografiar un reencuentro y hacerlo en un espacio tan vacío que se diría irreal. Era una película construida desde el dolor, pero también desde el perdón. Era una película asombrosa que concluía de manera esencialmente triste.

Ahora, en Una película de miedo, el director parte con su hijo Nuno a pasar las vacaciones a un hotel de Lisboa casi abandonado o a punto de estarlo del todo. El chaval dice no tener miedo ni de las películas de terror que tanto le gustan ni de la propia residencia que tanto recuerda al célebre Overlook de El resplandor, de Kubrick. El padre, por su parte, se deja llevar entre la pereza del verano, los recuerdos del pasado, el misterio de una película inconclusa sobre el primer asesino en serie conocido de Portugal y, como toca, la responsabilidad (¿o es miedo?) de saberse padre castigado quizá por la maldición de su progenitor y abuelo del crío.

Todo discurre a medio camino, a tientas o in media res, como se quiera, en un ejercicio de cine fascinante e hipnótico entregado a borrar las fronteras entre el cine de género (el de terror) y el de no-ficción, entre la culpa y la inocencia, entre el momento más terrorífico y el más divertido. Si se quiere, la estrategia es la misma que en la película anterior (construir la narración a medida que avanza), pero esta vez desde el lado opuesto. Entonces, el misterio consistía en comprobar si el resentimiento del abandono aún seguía ahí; ahora, la idea es exorcizar el propio misterio hasta alcanzar el otro lado. Y así hasta llegar al momento en el que la película (como la vida) se descubre ella misma película (ficción de ficción) en un plano final en el que llueve como solo llueve en el cine; un plano tan melancólico y bello como ligeramente inquietante. Oksman no ha hecho una película, ha salido a buscarla y lo que ha encontrado es un misterio que deslumbra. Y duele un poco.

Director: Sergio Oksman. Intérpretes: Sergio Oksman, Nuno Oksman, Daniel Blaufuks. Duración: 72 minutos. Nacionalidad: España.

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