Una muchachada inmensa sacaba a hombros a Roca Rey con toda su raza de figura a cuestas, cuando el reloj marcaba las nueve y diez de la noche. Arrolló Roca en Gijón con una entrega absoluta y un botín de tres orejas, marcando la diferencia de la ambición ciega y lo que significa ser figura, más allá de los gustos. Alejandro Talavante y Juan Ortega se perdieron, digamos por la espada, la fotografía de la puerta grande para salir andando con una oreja por cabeza de una hechurada corrida de El Puerto y La Ventana que les ofreció los toros de más clase y calidad dentro de su diferente juego, sobradamente válido para triunfar.
La figura peruana sale a hombros con tres orejas en una actuación de entrega absoluta; Talavante y Ortega, a oreja por cabeza, se pierden la fotografía
Había vuelto feliz la gente a la plaza de El Bibio con la sensación de haber vivido una tarde histórica el día anterior, con el nombre de Morante y Pablo Aguado en la boca y en las portadas de los periódicos locales, La Nueva España y El Comercio, como tema principal. Y esto es asunto de vital importancia. Lo comenté con Carmen Moriyón, la alcaldesa valiente de Gijón, irreductible defensora de la tauromaquia en esta tierra de frágiles equilibrios. Otra gran entrada registró la plaza, no tanta como la jornada previa, unos tres cuartos largos de entrada, un casi lleno, aproximadamente.
Antes, a las 19.17, transcurridos los dos primeros turnos, uno tenía la sensación de que el resultado debía ser diferente en el marcador. Había abierto la corrida un toro de El Puerto de San Lorenzo seguido de otro de La Ventana del Puerto, aunque sospecho que ya todo es lo mismo. Aquel bizco del izquierdo, éste bizco del derecho. Y los dos unidos por formidables cuellos, más lleno el primero que el segundo, buenas hechuras y buen tranco. Más escaso de poder Campechano con su clase y más suelto Inspector con su buen estilo. Los dos fueron izquierdosos.
Alejandro Talavante templó con suavidad a Campechano, nunca lo apretó y tampoco se apretó con él, en la línea de lo entonado, incluso valorando su privilegiada izquierda. Enterró media estocada tendida que necesitó un golpe de descabello, y digamos que eso penalizó.
A Juan Ortega también le faltó rotundidad con la espada ante Inspector, fatal lidiado y demasiado sangrado en el desorden aquel de caballo a caballo. Lo había toreado muy bien a la verónica y extraordinariamente bien en dos tandas de naturales proverbiales. Pero el toro acusó el gasto y se fue apagando -ya con la derecha- en la deriva de terrenos hacia toriles. Tanto uno como otro arreglarían luego con el acero lo que se dejaron aquí.
A las 19.35, Roca Rey -a quien se debía el taquillazo- no perdonaba y volteaba El Bibio como si lo dinamitase con una carga de explosivos. ¡Boom! Aquel arranque de faena en tromba, de rodillas, entre pases cambiados y arrucinas, electrizó los tendidos y ya nunca bajó el voltaje. El obediente toro ni era el mejor hasta el momento -mucho movimiento, marcadas querencias, un final distraído- ni el más hermoso -largo, sacudido de carnes, la cara lavada y estrechón-.
RR se entregó a tumba abierta con una ambición desbocada y la mordiente enrazada de una figura. Envuelto en aquel vestido blanco y plata y con la casa Lozano detrás, el recuerdo de Palomo se hacía presente. En nada, había enredado a público y toro en una serie de redondos -con ese cambio de mano por detrás al que sigue otro por delante-, el calambre de los naturales y los molinetes de rodillas, los circulares invertidos y lo que quieran para el pueblo y por el pueblo. Pero allí la gente no paró de bramar hasta el arrimón último metido entre los pitones, con el toro queriéndose ir hacía un rato, ya encogido. De ahí el pinchazo, que no fue impedimento para frenar la fuerza que traía lo de atrás y le entregaran las dos orejas entre gritos de «¡torero! ¡torero! ¡torero!»…
Alejandro Talavante cumplió con un manejable cuarto también cumplidor sin excelencias. Y Juan Ortega resolvió con un quinto que fue el de menos clase, moviéndose a taponazos. Talavante había saludado por alegres faroles y Ortega muy arrebatado a la verónica, abrochando con tres medias verónicas abelmontadas. Que junto a las laserninas finales fueron las notas de otro tiempo. Uno y otro enterraron ahora las espadas y cobraron las orejas pendientes, que no valieron para suplir la foto perdida junto al astro peruano.
Roca Rey no se conformó con el triunfo que ya tenía asegurado, y estuvo hecho un tío con un sexto cabezón y muy bruto, que explicaba lote, compensándolo por arriba con sus bastas hechuras. Roca se fajó entre toda aquella batería testarazos, tremendamente dispuesto para volver una y otra vez a la batalla y superar dos desarmes. Se encajó en serio por una y otra mano, pues exigía gobierno aquella batalla. Latió la emoción en todo momento, mucha tralla y metralla allí abajo. La casta de la bestia y la raza de la figura. RR salía de la cara del toro con los ojos inyectados en en sangre. Un pinchazo otra vez antes de la estocada. La última oreja se entregaba cinco minutos después de las 21.05, cuando lo sacaron a hombros con toda su hombría e importancia a cuestas.
Plaza de El Bibio. Domingo, 16 de agosto de 2026. Cuarta de feria. Tres cuartos largos de entrada. Toros de El Puerto de San Lorenzo (1º y 6) y La Ventana del Puerto; bien presentados y hechurados; de clase y poco poder el 1º y calidad el sangrado 2º; muy bruto el 6º; manejable el 4º; se movió el 3º con obediencia y a taponazos el desclasado 5º.
Alejandro Talavante, de nazareno y oro. Media estocada tendida y descabello (palmas); estocada pasada y atravesada (oreja).
Juan Ortega, de azul pastel y oro. Pinchazo y estocada (leve petición y saludos); estocada (oreja).
Roca Rey, de blanco y plata. Pinchazo y estocada (dos orejas); pinchazo y estocada. Aviso (oreja). Salió a hombros.
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