Concha Espina, el conmovedor testimonio de un cautiverio que desengañó a una republicana acérrima: «Ella mantiene sus principios y sus creencias. Pero lo que ha visto le horroriza»

<p>Verano de 1936. Concha Espina llega a su querido pueblo de Luzmela, en Cantabria, predispuesta a un retiro apacible, para escribir lejos del alboroto de Madrid. Pero con el estallido de la Guerra Civil, el 18 de julio, <strong>aquel oasis transmuta en un escenario de pesadilla</strong>. Las milicias del Frente Popular confinan a la novelista y candidata al Nobel de Literatura en su propia casa, desvalijada a golpe de «requisas» e invadida por huéspedes indeseados. Los esfuerzos de la Cruz Roja y del Gobierno francés por rescatarla son infructuosos. <strong>Encerrada durante 13 meses con su hija, su hermana y dos nietas pequeñas</strong>, Espina habrá de desfilar por la checa de Santander y se libra por poco de ser asesinada. Hoy, 90 años después, podemos conocer el relato en su propia voz. Ediciones 98 publica <i><strong>Diario de una prisionera</strong></i>, la febril bitácora que escribió a escondidas durante su cautiverio.</p>

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 Ediciones 98 rescata, 90 años después, Diario de una prisionera, la experiencia en primera persona de la escritora cántabra, encerrada más de un año junto a su hija, su hermana y dos nietas en su propia casa, en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil  

Verano de 1936. Concha Espina llega a su querido pueblo de Luzmela, en Cantabria, predispuesta a un retiro apacible, para escribir lejos del alboroto de Madrid. Pero con el estallido de la Guerra Civil, el 18 de julio, aquel oasis transmuta en un escenario de pesadilla. Las milicias del Frente Popular confinan a la novelista y candidata al Nobel de Literatura en su propia casa, desvalijada a golpe de «requisas» e invadida por huéspedes indeseados. Los esfuerzos de la Cruz Roja y del Gobierno francés por rescatarla son infructuosos. Encerrada durante 13 meses con su hija, su hermana y dos nietas pequeñas, Espina habrá de desfilar por la checa de Santander y se libra por poco de ser asesinada. Hoy, 90 años después, podemos conocer el relato en su propia voz. Ediciones 98 publica Diario de una prisionera, la febril bitácora que escribió a escondidas durante su cautiverio.

Los espíritus libres como Concha Espina (Santander, 1869-Madrid, 1955) encajan con dificultad en épocas de dogmatismos. Era republicana y feminista, pero también católica devota. Fue pionera en ganarse la vida con la escritura, en volar en avioneta, en divorciarse de un marido cerril que llegó a destruirle el manuscrito de su primera novela. Se plantó en Madrid con cinco hijos y una novela bajo el brazo, La niña de Luzmela, que fue un éxito editorial. Por su variopinta tertulia de los miércoles desfilaban Menéndez Pelayo, Ramón y Cajal o los hermanos Machado. También José Antonio Primo de Rivera y García Lorca, ambos amigos de sus hijos, el periodista Víctor de la Serna y Luis, médico.

Aunque entre sus lectoras se hallaba la propia reina Victoria Eugenia, Espina abrazó con fervor la II República. Con su amiga Clara Campoamor defendió el voto femenino y los derechos de la mujer y de los trabajadores. De su conciencia social da fe la novela El metal de los muertos, sobre la explotación de los mineros de Río Tinto. Ella misma se consideraba «una obrera de la palabra».

Pero la deriva política de la República le provoca un profundo desengaño. La revolución de Asturias, el independentismo catalán, la violencia y la persecución religiosa hieren sus creencias más profundas. Le alarma la creciente influencia comunista debida, escribe, «a la funesta alianza de los republicanos de izquierda con los partidos extremistas, muñidores del Frente Popular». «Concha se mueve en el humanismo cristiano. En la defensa de los desfavorecidos y de la españolidad. Pero no era política», explica Concha de la Serna, nieta de la escritora, que conserva en su casa algunos dibujos que García Lorca regaló a su padre, Luis.

Al comienzo de su Diario de una prisionera, recibe con un alborozado «¡Arriba España!» la noticia del alzamiento en África. «En contra de lo que se dice, no hay en ella ningún giro ideológico», sostiene Jesús Blázquez, director de Ediciones 98. «Cuando empieza la guerra tiene 67 años. Es falso que se dejara influir por sus hijos, Víctor y Luis, que eran falangistas. Ella mantiene sus principios y sus creencias. Pero lo que ha visto le horroriza».

La experiencia del cautiverio la aproxima más a los sublevados, como refleja el diario, escrito «en el vértigo de los peligros y la locura de la esperanza». La propia Espina lo define como «un soliloquio, una especie de rezo». «Un murmullo hondo y rápido de mi propia conciencia», escribe.

Desde su encierro asiste al derrumbe del mundo conocido. Al asesinato de vecinos y amigos, a la quema de las iglesias y capillas de la región, a la destrucción de bosques y patrimonio. Las páginas son una galería de personajes reconocibles y de estampas de vileza y de generosidad; un microcosmos del horror que se vive en toda España. No tienen qué comer y combaten el frío envolviéndose en las cortinas y alfombras que les quedan. Se suceden la angustia por la familia, la desesperación por el aislamiento, y también, la entereza y las pinceladas de humor. Parece el guion de una película, en el que no faltan una cocinera espía y dos atrabiliarios milicianos de Palencia que se les enquistan en la casa.

Las noticias llegan mezcladas con «el rumor, un brujo cruel y burlón». El asesinato de Primo de Rivera, el alzamiento de Burgos, el bombardeo de Guernica atribuido falsamente a los republicanos o el espanto del barco Alfonso Pérez, convertido en prisión en la bahía de Santander, donde el torturador Manuel Neila ordena matanzas de civiles. El mismo Neila de «ojos grises y crueles, desorientados», al que plantará cara cuando la convoca a la checa. No falta tampoco la compasión por los jóvenes milicianos que marchan al frente «con alpargatas y estómagos vacíos», proporcional a la animadversión que profesa hacia sus dirigentes. Ni el recuerdo nostálgico por amigos en el bando rival.

Concha Espina escribe cada día, a máquina o a mano, cuando le requisan su Remington portátil. Ha perdido mucha vista. Luego esconde las cuartillas bajo tierra, o en una butaca, o en un tubo de metal disimulado entre la hiedra. Finalizado el cautiverio, en agosto de 1937, es su amigo editor José Ruiz Castillo quien se empeña publicar la bitácora. Para entonces la escritora está prácticamente ciega. Su hija Josefina, la única que puede descifrar su letra, va leyendo las cuartillas en voz alta, y la escritora las corrige oralmente, mientras su amiga Matilde Marquina lo pasa a máquina.

El libro salió a la luz brevemente en 1938, con el título Esclavitud y libertad, y luego desapareció. Ni siquiera figura en las obras completas de Espina. «No está muy claro el motivo», comenta su nieta, «pero parece que ella no quiso porque salían nombres de personas que estaban vivas. Era pudorosa». Jesús Blázquez ha querido rescatarlo. «Es uno de los pocos diarios de la guerra escritos por mujeres, y en una zona rural. Hay un paralelismo con Terror Rojo, de Wenceslao Fernández Flórez, centrado, en su caso, en el ámbito urbano». El libro del gallego se publicó en Lisboa, también en 1938, y también Blázquez lo ha recuperado.

«Me interesa el trabajo de edición conectado a la realidad del momento. Uno de los temas es la memoria histórica, y estoy a favor de rescatar testimonios de grandes autores que vivieron la guerra, en los dos bandos, y de que cada quien saque sus conclusiones». Diario de una prisionera, añade, permite conocer mejor a Concha Espina y reivindicarla: «Más que de escritora olvidada prefiero hablar de escritora postergada». Ediciones 98 va a reeditar, además, las cuatro obras de ficción que la santanderina escribió sobre la Guerra Civil: Retaguardia, Las alas invencibles, Luna Roja y Princesas del martirio.

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