El testamento de Ann Lee: La fe en el desconcierto produce espasmos

<p><strong>Fue Schopenhauer el que otorgó a la música el lugar más alto entre todas las formas posible de arte. </strong>Al fin y al cabo, ella es la única que en puridad no está contaminada por eso tan feo y maloliente llamado realidad y que tantos problemas da a ese otro arte tan escandalosamente real como el cine. El filósofo consideraba a la música el modo más elevado de captación de la Voluntad (así, con la V bien alta). Recuérdese, expeditivo como era, el seguidor malhumorado de Kant partió el mundo en dos: de un lado la Representación, o aquello que es inteligible por nuestras herramientas racionales, llamémoslas así; y, del otro, la Voluntad que es, por definición, lo Otro (el Noúmeno). Y aquí es donde entraba la música como la forma de expresar, sin objetivaciones de ningún tipo, la pura abstracción que es la Voluntad. ¿Cómo se quedan?</p>

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 La directora Mona Fastvold imagina, de la mano de Amanda Seyfried, la posibilidad de un cine sin barreras, sin límites, sin silencios, sin patriarcado y sin pausas. Definitivamente, agotador  

Fue Schopenhauer el que otorgó a la música el lugar más alto entre todas las formas posible de arte. Al fin y al cabo, ella es la única que en puridad no está contaminada por eso tan feo y maloliente llamado realidad y que tantos problemas da a ese otro arte tan escandalosamente real como el cine. El filósofo consideraba a la música el modo más elevado de captación de la Voluntad (así, con la V bien alta). Recuérdese, expeditivo como era, el seguidor malhumorado de Kant partió el mundo en dos: de un lado la Representación, o aquello que es inteligible por nuestras herramientas racionales, llamémoslas así; y, del otro, la Voluntad que es, por definición, lo Otro (el Noúmeno). Y aquí es donde entraba la música como la forma de expresar, sin objetivaciones de ningún tipo, la pura abstracción que es la Voluntad. ¿Cómo se quedan?

A su manera, todo musical que ha intentado el cine, desde el más surrealista a lo Busby Berkeley al más melodramático a lo Vincente Minnelli, milita en la misma fe. Pues algo tiene de eso, de fe en lo incognoscible. Mona Fastvold y su El testamento de Ann Lee se podría considerar algo así como el punto de llegada, puesto que es musical y a la vez trata de religión. En verdad, es mucho más: es musical, drama, algo de comedia cuando quiere, alucinado relato de fundadores siempre y, apurando, película de terror. Y además, aunque su argumento es un credo o secta religiosa, también es película declaradamente feminista, revolucionaria y, por encima de todo, vocacionalmente nueva. Es decir, la provocación camina al lado de la ambición.

La idea es contar la vida de la mujer que anuncia el título, fundadora de los Shakers, un movimiento religioso radical que comenzó a finales del siglo XVIII. La principal característica de esta creencia era que sus seguidores rezaban y convulsionaban a la vez (de ahí su sobrenombre). Es decir, convertían sus plegarias en una especie de coreografías de danza contemporánea. O eso es al menos lo que imagina Mona Fastvold sobre un guion firmado a medias con Brady Corbet. El atrevimiento consiste en, un paso más allá, convertir el drama de un mujer contra el mundo (de eso se trata) en un musical híbrido tan irreal como salvajemente terrenal. Solo por esto, la verdad, la película debería quedar a salvo.

Pero, y llegan las malas noticias, el empeño de ser original a cada paso y de no caer en ningún estereotipo ni del biopic ni del melodrama ni del citado musical lleva a la película a un espacio que, de puro diferente, se queda solo en solo desconcertante. Todos los esfuerzos de la operística, delicada y muy brutalista (por The Brutalist) puesta en escena, todo el empeño de la protagonista Amanda Seyfried permanentemente en éxtasis y todo el derroche de planos secuencias acaban por sencillamente agotar. La directora lo quiere todo (bien) y todo lo ofrece sin gradación ni orden. Definitivamente, el sentido de tanto, que no es nada más que rescatar del olvido la lucha de una mujer por asuntos como la dignidad, la libertad y un mundo mejor (de eso va), se pierde sepultado en el exceso descontrolado de la excesivamente schopenhaueriana propuesta. Lástima.

Directora: Mona Fastvold. Intérpretes: Amanda Seyfried, Thomasin McKenzie, Lewis Pullman. Duración: 136 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.

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