Gracias, algoritmo: me has descubierto el mejor libro del año

<p>Es su juego favorito. Cuando nadie las mira, saltan el pequeño muro, se dirigen hacia El Ahorcado. Entonces, tocan la pared del volcán y vuelven corriendo a casa de la abuela. Sin soltarse de la mano, sin mirar atrás. </p>

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 Acusamos al algoritmo de manipularnos, pero también puede llevarnos hasta ese libro que no sabíamos que necesitábamos  

Es su juego favorito. Cuando nadie las mira, saltan el pequeño muro, se dirigen hacia El Ahorcado. Entonces, tocan la pared del volcán y vuelven corriendo a casa de la abuela. Sin soltarse de la mano, sin mirar atrás.

La novela es tan bella y sencilla como este divertimento infantil con el que arranca. Han cantado bingo, de Lana Corujo, se publicó hace meses, pero la descubrí recientemente en un post de Instagram. La he devorado, la he llorado, la he disfrutado. Es mi libro favorito del año.

Gracias, algoritmo.

Tendemos a pensar en esos cálculos matemáticos -que determinan qué contenido nos muestran las redes o los buscadores- como un ente perverso que nos incita a consumir, a enrocarnos en nuestras convicciones, a desatar deseos ocultos.

Maldito algoritmo…

Sin embargo, también nos recuerda lo que Internet ofrece. Puede ser un pozo, una charca y, a la vez, una fuente inagotable de conocimiento. Cuando se alinea con nuestros intereses, hace posible descubrirlo todo. Música, fotógrafos, libros… Memes que nos hacen reír (confieso que siento debilidad por los chistecillos de damas decimonónicas y los gatos gruñones).

«Nos permite buscar en la web y secuenciar genomas. Solo estas dos actividades ya superan con creces los aspectos negativos», resumía un investigador de Microsoft en un informe del Pew Research Center. El algoritmo es el pilar de la mayoría de los sistemas que utilizamos. El GPS que te guía, el email que llega a su destino, la IA que te responde. Va a seguir en tu vida. Y va a seguir mejorándola.

Claro que despierta recelos, nos dice un experto del MIT en el mismo informe. Como todo lo nuevo. Sucedió con el telar mecánico, con el automóvil, con la televisión.

Por supuesto, está bien que uno tenga presente que los riesgos existen. Comenzando por los algoritmos que rigen lo que consumimos online.

Un estudio checo confirmó recientemente que los usuarios más mayores y con menor educación son los menos conscientes del nivel de personalización de todo lo que vemos en Internet.

Previsible, sí. Por eso resulta paradójico que a los adolescentes, tan conocedores de la matemática –«Mis hijos educan al algoritmo», escuché hace poco-, tan ansiosos por descubrir, queramos ahora prohibirles el acceso a las redes. La sentencia contra Meta y YouTube de hace unos días nos recuerda que hay que contener las amenazas, claro, pero nadie les impedirá tocar el volcán.

 Cultura

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