‘La Grazia’: Sorrentino en estado de gracia (****)

<p><strong>¿De quién son nuestros días?, se pregunta una y otra vez el personaje de Toni Servillo en </strong><i><strong>La Grazia.</strong></i>El actor, que con ésta son ya casi infinitas (por tamaño) las colaboraciones con el director de <i>La gran belleza</i> a lo largo de seis películas, da vida al presidente de la República italiana en sus últimos días en el cargo. Él, que presume de creyente, de amigo del Papa, de cristiano cabal y de hombre de consenso en la tradición de Aldo Moro; él, que deja tras de sí un legado tan incuestionable como imperturbable de completa inacción (el mayor de los valores en un ambiente político completamente histérico); él, que pasa por ser el más aburrido y mayor experto de los juristas; él –encarnado, decíamos, por Servillo en un papel tan cerca del actual Sergio Mattarella– tiene que decidirse, y firmar o no su trámite en el Parlamento, de la más problemática de las leyes para, precisamente, un hombre como él: la de la eutanasia. Y surge la pregunta: ¿de quién son nuestros días?</p>

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 El italiano compone de la mano de Toni Servillo una exagerada, bella y decadente reflexión sobre la muerte, el amor, la espera y, claro está, la vida  

¿De quién son nuestros días?, se pregunta una y otra vez el personaje de Toni Servillo en La Grazia.El actor, que con ésta son ya casi infinitas (por tamaño) las colaboraciones con el director de La gran belleza a lo largo de seis películas, da vida al presidente de la República italiana en sus últimos días en el cargo. Él, que presume de creyente, de amigo del Papa, de cristiano cabal y de hombre de consenso en la tradición de Aldo Moro; él, que deja tras de sí un legado tan incuestionable como imperturbable de completa inacción (el mayor de los valores en un ambiente político completamente histérico); él, que pasa por ser el más aburrido y mayor experto de los juristas; él –encarnado, decíamos, por Servillo en un papel tan cerca del actual Sergio Mattarella– tiene que decidirse, y firmar o no su trámite en el Parlamento, de la más problemática de las leyes para, precisamente, un hombre como él: la de la eutanasia. Y surge la pregunta: ¿de quién son nuestros días?

Sobre este argumento, Sorrentino compone la que es su película más redonda desde antes incluso de Fue la mano de Dios (2021). Digamos que, tras las dudas y los excesos de Parthenope, su anterior trabajo, el cineasta napolitano recupera la gracia de ser napolitano primero y el que es, después. La gracia desproporcionada y, por momentos, muy cargante, pero gracia al fin y al cabo. Como juego de palabras con el título de la cinta resulta pobre, quizá evidente, pero, como dice el protagonista de La Grazia, en Derecho (y en el cine, cabría añadir) pocas cosas tan poco evidentes como la propia evidencia.

Servillo insiste a su modo en el papel de las películas anteriores Il divo o incluso de Silvio (y los otros), pero desde el lado contrario y, en verdad, desde mucho más alto. Aquellas, tanto la película que sorprendió al mundo (y a Cannes) en 2008 como la de que hiciera diez años después, eran reflexiones o simples fábulas entre la mitología, la eucaristía y la más elemental biografía de dos primeros ministros de vidas tan exageradas como, por orden, Andreotti y Berlusconi. Ahora, algunos pasos más arriba, se trata del dj residente en el palacio romano del Quirinale. Es decir, de una figura a la vez simbólica y, a su modo, intocable. Carne de rito. Y es aquí, en la ridícula y a la vez majestuosa mística del ritual donde el cine de Sorrentino cobra vida y hasta sentido. Y se hace grande.

Lo que entiende Sorrentino y en lo que insiste La Grazia con una puesta en escena más cerca de The Young Pope que de la citada La gran belleza es precisamente en el cine como rito. La cámara se mueve con la misma libertad perfectamente pautada por los pasillos eternos de los palacios barrocos como por los pliegues de un rostro que, de repente, descubre una lágrima. Suena afectado y, en efecto, de eso se trata. Con un pie en lo sublime que se sabe perfectamente ridículo, pero sin creerse tan arrogante para no colocar el otro pie en lo irrisorio, lo insignificante o lo sencillamente, por qué no, mezquino, la propuesta de La Grazia nos devuelve a un director embriagado de sí mismo, pero –y esto es lo relevante– con la capacidad y la inteligencia (ahora recuperadas) para no dejarse arrastrar por el ego. O no del todo.

La película vive toda ella detenida en la duda del presidente. Dice Sorrentino que se inspiró en el decálogo de Krzysztof Kielowski en su afán de abrir interrogantes sin respuesta clara; de, en efecto, hacer dudar ¿De quién son nuestros días?, insiste una y otra vez el protagonista. Mientras, el prohombre despacha con su asistente que también es su hija (como Mattarela, por cierto), habla con el astronauta italiano solo y en gravedad cero en la estación espacial, canta canciones con la brigada alpina, recibe a su homólogo portugués en el fragor de una tormenta debidamente absurda y vuelve a dudar sobre la posibilidad de indultar a dos presos: un hombre que acabó con la vida de su mujer aquejada de Alzheimer (esta medida de gracia la firmó Mattarela, por cierto) y una mujer que mató a su marido maltratador. Y fuma. No debe, puesto que solo le queda un pulmón, pero fuma. Fuma porque duda. Fuma porque no puede olvidar que una vez, solo una vez hace 40 años, su mujer le traicionó y no puede dejar de pensar en ello ahora que es viudo (como Mattarela, por cierto).

Se habla del amor, se habla de la muerte, se habla de la espera y, por todo lo anterior, se habla de la vida. De lo que no se habla es por primera vez en una película de Sorrentino de fútbol. En verdad, la película no avanza más allá del estupor detenido de un hombre viejo que se ve, como le dice el Papa, ante un pasado que desaparece y un futuro que no existe. Y así. Así de tremendo y así de ridículo a la vez. Así de Sorrentino.

Dirección: Paolo Sorrentino. Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque. Duración: 133 minutos. Nacionalidad: Italia.

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