La muerte de la sátira

<p><i><strong>El testamento de Ann Lee</strong></i> es interesante y cruel. A veces trata a sus personajes como si ni sufriesen ni padeciesen, y al espectador como si ver bebés muertos no le dejase hecho polvo. Pero la película de Mona Fastvold también es una obra sarcástica que no se toma a sí misma demasiado en serio. No es una sátira del todo, pero coquetea constantemente con ese género.</p>

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 Como película minoritaria, El testamento de Ann Lee no corre el riesgo de ser metabolizada por la cultura pop de manera literal y problemática. Ya tenemos suficiente con los horteras del estoicismo  

El testamento de Ann Lee es interesante y cruel. A veces trata a sus personajes como si ni sufriesen ni padeciesen, y al espectador como si ver bebés muertos no le dejase hecho polvo. Pero la película de Mona Fastvold también es una obra sarcástica que no se toma a sí misma demasiado en serio. No es una sátira del todo, pero coquetea constantemente con ese género.

En El testamento de Ann Lee se canta y se baila. La historia de Ann Lee, fundadora de la secta de los shakers, es, en manos de Mona Fastvold y Amanda Seyfried, un semimusical. En cierto modo, los shakers también son un poco un musical del cristianismo: su nombre, que podríamos traducir como «agitantes», deriva de sus ceremonias de culto, que fomentaban los éxtasis o, seamos claros, sus simulacros. Histeria colectiva. Manipulación. Agitación. Fastvold convierte esos espasmos en hipnóticas coreografías. Y ya que vamos a bailar, cantemos también. Cómo no hacerlo, teniendo a la estrella de Mamma Mia en el reparto.

El testamento de Ann Lee cuenta una historia compleja y contradictoria. Lee promulgaba un celibato enfermizo y absurdo, que entendía como una orden divina revelada a, oh sorpresa, una profeta que era, oh sorpresa, ella. Pero la gurú también abogaba por el pacifismo y la igualdad. Era una fanática y una visionaria, una partidaria del atraso moralista y una adelantada a su tiempo. En la película se explican ambas caras de su figura. Y se deja claro que, por encima de todo, Ann Lee era una mujer cegada por una fe que es, a la vez, refugio y espejismo, clavo ardiendo al que agarrarse y clavo oxidado que puede hacer mucho daño.

Como es una película minoritaria, El testamento de Ann Lee no corre el riesgo de ser metabolizada por la cultura pop de manera literal y problemática. Ya tenemos suficiente con los horteras del estoicismo en las redes sociales. Esos gañanes que promulgan las virtudes del sacrificio pero cuyos peinados claramente requieren mantenimiento profesional casi diario.

En sus discursos sale a relucir de vez en cuando El club de la lucha. La película de David Fincher, no la novela de Chuck Palahniuk. Fincher, siempre tan perverso, hizo en El club de la lucha una sátira tan de brocha gorda que muchos no vieron ahí ni sátira, ni fábula, ni nada. Desde su estreno en 1999, cada cierto tiempo es reivindicada. A veces, en forma de clubs de la lucha reales, impulsados por personajes que llevan casi 30 años sin entender la película.

Si tragedia más tiempo es igual a comedia, quizá sátira más tiempo sea igual a… ¿sátira? ¿qué es eso? Pasó lo mismo con El lobo de Wall Street. Y, de manera parecida, con la espantosa 300, esa cumbre del homoerotismo sagrada para señores que solo leyendo el prefijo «homo» ya se ponen violentos. A otros les habrán saltado las alarmas al leer «cristianismo» en el primer párrafo de este texto. O «secta». O «histeria colectiva». A mí me pasa cuando alguien se toma una sátira de manera literal.

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