<p>La memoria no siempre vive asociada con lo excelso. Hay grandísimas películas (o eso nos parecieron cuando las vimos por primera vez) que se pierden en el laberinto del olvido por razones tan diversas como azarosas. El motivo más común es algo tan elemental como que nos hacemos viejos, pero el hecho de que fueran exactamente lo que esperábamos cuando acudimos a verlas o que el exceso de alabanzas recibidas con anterioridad hicieran imposible que cumplieran las expectativas suele ayudar a que nos cueste recordar. <strong>No es el caso de </strong><i><strong>La guerra de los Rose,</strong></i><strong> la cinta de Danny DeVito de 1989 que daba la vuelta como un calcetín a los pilares de la comedia romántica.</strong> Ahora que hay tanta revisión del género, no conviene dejar pasar que pocas dinamitas tan efectivas como la proporcionada por la pareja formada por Kathleen Turner y Michael Douglas. «Hay películas que harán que te vuelvas a enamorar», empezaba la frase promocional. «Ésta no es una de ellas», concluía. Todavía pica la chincheta con la que quedó clavada en la memoria.</p>
El regreso a la mítica película de los 80 se salda con una exhibición de dos de los actores del momento tan entregada como desconectada entre sí
La memoria no siempre vive asociada con lo excelso. Hay grandísimas películas (o eso nos parecieron cuando las vimos por primera vez) que se pierden en el laberinto del olvido por razones tan diversas como azarosas. El motivo más común es algo tan elemental como que nos hacemos viejos, pero el hecho de que fueran exactamente lo que esperábamos cuando acudimos a verlas o que el exceso de alabanzas recibidas con anterioridad hicieran imposible que cumplieran las expectativas suele ayudar a que nos cueste recordar. No es el caso de La guerra de los Rose, la cinta de Danny DeVito de 1989 que daba la vuelta como un calcetín a los pilares de la comedia romántica. Ahora que hay tanta revisión del género, no conviene dejar pasar que pocas dinamitas tan efectivas como la proporcionada por la pareja formada por Kathleen Turner y Michael Douglas. «Hay películas que harán que te vuelvas a enamorar», empezaba la frase promocional. «Ésta no es una de ellas», concluía. Todavía pica la chincheta con la que quedó clavada en la memoria.
Pues bien, Los Rose vuelve al ataque. Suprime lo de guerra por la sencilla razón de que aquí no la hay o, mejor, no la hay en la misma medida que en su predecesora. Sobre un guion de Tony McNamara (autor también de, por ejemplo, La favorita) que hace pie en la misma novela de siempre de Warren Adler, la idea es eso tan socorrido de adaptar el relato a los nuevos tiempos. En fino, el Zeitgeist, que es como los alemanes llaman a lo que sale en los periódicos. Ahora, la que triunfa es ella y, también ahora, la carga de la prueba se encuentra no tanto en el gag físico que todo lo derrumba como en la frase vitriólica que todo lo corroe. Pocos arranques tan brillantes como el de la pareja diciéndose cosas buenas (la cursiva importa) uno a la otra y la una al otro delante de la terapeuta cuando todo parece perdido.
En puridad, de hecho, no se debería siquiera hablar de remake. La mecánica es otra. Esta vez, el ansia de destrucción no se lo come todo. La propuesta de Jay Roach (un director no exactamente sutil con títulos en su haber como Escándalo o las cintas de Austin Powers) se detiene más tiempo y de manera más detallada en todo lo que se aman y todo lo que se desean los personaje de Olivia Colman y Benedict Cumberbatch por aquello de colocar la cima desde la que se producirá la caída lo más alto posible. De hecho, la propia construcción de la cinta, que salta desde el momento de la quiebra a los felices años de pasión, hace que el espectador viva permanentemente pendiente de cuándo y cómo se vendrá todo abajo.
Y aquí, sin duda, el problema. Cuando el arquitecto ambicioso que es él fracase y la chef despreocupada y ajena al éxito que es ella triunfe y, de este modo, vean sus expectativas cambiadas, Roach no consigue arbitrar una excusa razonable ni creíble, ni siquiera graciosa, para todo el caos y odio prometido. Es más, hasta cuando se odian acaban por reconocer en su brillante desdén por el otro algo del amor que se desvanece. Hay un problema en la falta de sutileza de la puesta en escena y en, quién lo iba a decir, la interpretación de los actores, probablemente los dos intérpretes más dotados de su generación. Por separado, cumplen. Como siempre. Pero juntos, nada que ver con las chispas que refulgían en la batalla Douglas-Turner. Se diría que más que hacer esfuerzos por colocarse uno al lado del otro en el placer de despreciarse, Colman y Cumberbacht compitieran por extremar los modales primero del amor y luego, que es lo que cuenta, del odio. Es decir, cada uno va a lo suyo. Y, claro, sin química no hay guerra ni infierno ni, por supuesto, paraíso que recordar. Puro olvido.
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Director: Jay Roach. Intérpretes: Benedict Cumberbatch, Olivia Colman, Kate McKinnon, Andy Samberg. Duración: 105 minutos. Nacionalidad: Reino Unido.
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