Moscas: Una delicada y precisa fábula sobre el descubrimiento del dolor (****)

Las moscas, así en general y con el permiso de Machado (Antonio), tienen mala prensa. Sartre, en su relectura del mito de Electra y Orestes, las convirtió en símbolo de casi todo lo malo: el remordimiento, la culpa y hasta suciedad de la conciencia debidamente sucia. En la celebérrima y muy hobbesiana novela de William Golding El señor de las moscas, los dípteros antes que ser representación de nada son el adorno de miseria, ruido y podredumbre que necesita la cabeza cercenada del cerdo para ser lo que quiere ser: blasón de poder, opresión y abuso. Digamos que la afición de estos insectos por acercarse a lo que se descompone, lo que apesta o lo que nunca y bajo ningún concepto conviene tocar no ayuda a mejorar su imagen de marca. Y, sin embargo, de vuelta a Machado, ellas que se han posado «sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor y sobre los párpados yertos de los muertos», ellas, inevitables golosas, de tanto en tanto, se salvan. Y, como nos propone Fernando Eimbcke en Moscas, su adorable, algo triste y muy simétrico último trabajo, también merecen «un digno cantor».

 De la mano de una puesta en escena milimetrada, el mexicano Fernando Eimbcke acierta a componer su obra más madura y, a su modo, perfecta en cada una de sus tragedias diminutas  

Las moscas, así en general y con el permiso de Machado (Antonio), tienen mala prensa. Sartre, en su relectura del mito de Electra y Orestes, las convirtió en símbolo de casi todo lo malo: el remordimiento, la culpa y hasta suciedad de la conciencia debidamente sucia. En la celebérrima y muy hobbesiana novela de William Golding El señor de las moscas, los dípteros antes que ser representación de nada son el adorno de miseria, ruido y podredumbre que necesita la cabeza cercenada del cerdo para ser lo que quiere ser: blasón de poder, opresión y abuso. Digamos que la afición de estos insectos por acercarse a lo que se descompone, lo que apesta o lo que nunca y bajo ningún concepto conviene tocar no ayuda a mejorar su imagen de marca. Y, sin embargo, de vuelta a Machado, ellas que se han posado «sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor y sobre los párpados yertos de los muertos», ellas, inevitables golosas, de tanto en tanto, se salvan. Y, como nos propone Fernando Eimbcke en Moscas, su adorable, algo triste y muy simétrico último trabajo, también merecen «un digno cantor».

La película del director mexicano de Temporada de patos o Club Sándwich continúa con las obsesiones que han persiguiendo una filmografía tan irregular (paso más de una década sin hacer cine antes de Olmo, su anterior trabajo) como plagada de críos o adolescentes, miradas sorprendidas y descubrimientos asombrosos. Pero esta vez, un velo de oscuridad y dolor lo cubre todo. No lo tapa, simplemente difumina los contornos y gana en profundidad. Se cuenta la historia de un padre y un hijo obligados a alquilar una habitación en las inmediaciones de un grandísimo hospital del tamaño de una nave espacial donde la madre se cura de un cáncer. La propietaria de la vivienda, a la que da vida con una solvencia y cariño fuera de dudas Teresa Sánchez y que ha pasado por algo parecido a lo que sufren sus inquilinos, les recibirá primero con muchísima aprensión, luego con solo desconfianza y así hasta que, poco a poco, todo adquiere sentido. Suele pasar. El dolor compartido ayuda a la comprensión.

Mientras el padre trabaja, el crío deambula por las inmediaciones de la clínica sin más entretenimiento que la búsqueda desesperada de, precisamente, algo con lo que entretenerse. Y así hasta dar con una vieja máquina de Space Invaders. Lo que en otro lares se llamó «los marcianitos» en la película Moscas son, en efecto, «moscas». Moscas voraces que, como las células cancerígenas, arrasan los cuerpos. Moscas infatigables que, como las naves de los videojuegos, se niegan a ceder un palmo de un espacio sideral cada vez más acosado. Moscas tan pegajosas como las metáforas. Moscas, a pesar de todo y contra todo, evocadoras, que diría, de nuevo, Machado.

La película se ofrece en su sencillez de manera tan plena como entregada, luminosa y, por momentos, muy divertida. Y así hasta que las sombras aparecen. Lo que sigue es un viaje equinoccial desde la infancia más desinhibida y feliz hasta zonas mucho más turbias, hasta la muerte incluso. Sin descuidar un solo instante el punto de vista de la mirada del crío y de la mano de alguna que otra fuga onírica, Moscas evita todo gesto melodramático y, sin condescendencias ni didactismos, consigue ganar la partida. Que es de lo que se trata. El resultado es una fábula precisa y preciosa perseguida «por el amor de lo que vuela», que diría, por fin, Machado.

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Director: Fernando Eimbcke. Intérpretes: Teresita Sánchez, Bastian Escobar, Hugo Ramírez, Enrique Arreola. Duración: 102 minutos. Nacionalidad: México.

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