Nueva York sí sabe decir olé, 25 años del Flamenco Festival: «Lo jondo no tiene pasaporte ni fronteras»

<p>Las puertas de la joyería Tiffany’s, en la Quinta Avenida de Nueva York, se han abierto de par en par para Ángeles Toledano, la cantaora del pequeño municipio jiennense de Villanueva de la Reina. No ha entrado para comprar ninguna joya ni para grabar un anillo como Audrey Hepburn en <i>Desayuno con diamantes</i>, sino para posar para EL MUNDO en la terraza del edificio, junto a la icónica escultura de bronce con forma de manzana de la artista Claude Lalanne. Y lo hace a pocas horas de su debut en la ciudad de los rascacielos.</p>

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 El festival más español de la ciudad de los rascacielos cumple un cuarto de siglo con una edición cargada de sorpresas, estrellas de lo jondo y jóvenes promesas. Acompañamos a Ángeles Toledano en su debut: «Todavía soy una aprendiz de este arte»  

Las puertas de la joyería Tiffany’s, en la Quinta Avenida de Nueva York, se han abierto de par en par para Ángeles Toledano, la cantaora del pequeño municipio jiennense de Villanueva de la Reina. No ha entrado para comprar ninguna joya ni para grabar un anillo como Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, sino para posar para EL MUNDO en la terraza del edificio, junto a la icónica escultura de bronce con forma de manzana de la artista Claude Lalanne. Y lo hace a pocas horas de su debut en la ciudad de los rascacielos.

Ángeles Toledano, una de las cantaoras con más proyección, se disculpa por el poco tiempo que tiene para la sesión de fotos en la fría mañana neoyorquina. Tras recorrer media ciudad en apenas dos días, por fin descansa en el hotel para llegar en plenas facultades vocales a su actuación en la sala Roulette del barrio de Brooklyn, dentro de la 25ª edición del Flamenco Festival de Nueva York que dirige Miguel Marín.

«Esta ciudad es increíble. Estoy muy emocionada», cuenta en el trayecto en taxi del hotel a la joyería. Ella ya ha debutado en Estados Unidos, y su primer disco, Sangre sucia, estuvo nominado a mejor álbum flamenco en los Latin Grammy que se entregaron en Las Vegas el pasado noviembre, donde ofreció un memorable homenaje a Raphael. Pero le faltaba la capital de los rascacielos, que conquistó el pasado sábado poco después de esta entrevista. «Hemos ido a asociaciones flamencas y a escuelas de baile en varias ciudades norteamericanas, aquí la gente está deseosa de vernos», cuenta, y reconoce el respeto especial que infunde la ciudad que nunca duerme.

Eva Yerbabuena se deshace en elogios hacia el público neoyorquino. Frente a la cantaora debutante, la bailaora y coreógrafa es una veterana que cuenta con galardones como el Premio Olivier, el más prestigioso de las artes escénicas de Reino Unido, o la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. «Los que se quedan a saludarte al final de la actuación te llegan a decir que les ha cambiado la vida», asegura. «La gente viene con miedo a no entender un arte tan profundo, pero descubren que no se trata de comprensión sino de sentimiento. He llegado a escuchar: ‘A partir de ahora, soy adicta o adicto al flamenco’. Para mí, esto es muy importante, va mucho más allá de la anécdota».

La bailaora completó tres tres funciones los días 26 y 28 de febrero y el 1 de marzo en el NY City Center, uno de los teatros más antiguos y con más solera de la ciudad, e intervino en la Gala Flamenca, dirigida por Manuel Liñán, en la que bailaron también, además del propio Liñán, El Farru y Juan Tomás de la Molía, con las guitarras de Paco Jarana y Francisco Vinuesa.

Si en algo nota Eva Yerbabuena su veteranía es en cómo todo fluye con más sencillez. «Antes todo se me hacía un mundo y me enfadaba conmigo misma, pero ahora, lo que me quede, lo voy a disfrutar», confiesa. Auque la relajación total sigue siendo imposible a pesar del paso de los años. «Cuando oigo la palabra flamenquito me mata, porque es hacer de un arte grandioso una cosa minúscula. ¿Por qué? No puedo con eso».

«El flamenco es una música muy visceral y anárquica, a los estadounidenses le gusta mucho porque les libera»

Aunque está en plena madurez artística, prefiere evitar hablar de a quién entregará un día el testigo, la expresión le trae a la cabeza más connotaciones negativas que positivas. «Cuando estás en este mundo, estás creando, investigando y entregando el testigo continuamente con todas las cosas que haces. No es algo de un día concreto», dice. Uno de los momentos más emotivos y especiales que Eva Yerbabuena ha vivido en Nueva York se produjo el año pasado, cuando, al finalizar su actuación en el City Center con el espectáculo Yerbagüena (oscuro brillante), el maestro ruso Mikhail Baryshnikov se plantó en su camerino para felicitarla. «La posibilidad de conocer personalmente a una de las grandes estrellas mundiales de la danza, de poder incluso darle un abrazo, fue maravillosa», se sincera la artista.

El mítico bailarín, que también ha hecho sus pinitos como actor en varias películas y tuvo un papel recurrente en la serie Sexo en Nueva York, se ha entregado definitivamente al flamenco en esta edición del festival. No llegó a partirse la camisa en medio de la fiesta flamenca que se organizó en su centro, el Baryshnikov Arts Center (BAC), ubicado en el barrio de Manhattan Hell’s Kitchen, pero casi. A sus 78 años, el maestro ruso se arrancó a bailar con Manuel Liñán y el resto de artistas al finalizar la actuación. En medio de la explosión flamenca, se quitó la chaqueta, un pañuelo y un cinturón y se los soltó al bailaor Juan Tomás de la Molía. Al día siguiente, el artista intentó devolverle las prendas, pero aquello había sido un regalo, su particular versión del romperse la camisa gitano. Entre el afortunado público que presenció la inusual escena estaban las actrices Jessica Lange, ex esposa de Baryshnikov y madre de su hija, e Isabella Rosellini.

Eva Yerbabuena
La bailaora Eva Yerbabuena posa en Central Park.Matt Kara

La fiesta fue, precisamente, idea del maestro ruso, muy amigo del director del Flamenco Festival. El director artístico fue Liñán, el coreógrafo y bailaor que mejor mueve la bata de cola. El espectáculo fluyó con los bailaores y cantaores en movimiento entre los espectadores, que estaban sentados alrededor de varias mesas, casi como en un tablao pero sin escenario estático. «Ha sido algo nuevo y todos se han mostrado muy emocionados al tener a los artistas tan cerca y verles las expresiones y los movimientos», detalla Liñán, que, dice, dejará Nueva York con el corazón lleno de la calurosa acogida de un público «tan entusiasta». El primero de ellos, el mismísimo Baryshnikov, quien le dijo, al verlo dándolo todo con su arte: «You are heavenly evil», que vendría a ser algo así como: «Eres un malvado celestial», una definición que encaja a la perfección con el espectáculo y la pasión que derrochó el Premio Nacional de Danza en el corazón de Manhattan.

Otra grande que lo está dando todo al otro lado del charco es Sara Baras, la bailaora y coreógrafa multilaureada con el Premio Nacional de Danza, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el prestigioso premio Olivier de Danza, aunque su gran logro es colgar el cartel de sold out en casi todas sus actuaciones, dentro y fuera de España. «El flamenco no tiene pasaporte ni fronteras», proclamó, en plena polémica por la represión a la que el presidente estadounidense, Donald Trump, está sometiendo a los inmigrantes.

«Las luces , el humo, la gente comiendo en Times Square… ¡Nueva York es igualito que la Feria de Sevilla!»

Lo hizo con el público que abarrotó el Teatro City Center en pie y aplaudiendo a rabiar las dos horas de su espectáculo Vuela, dedicado a Paco de Lucía. La artista agradeció a los espectadores su «cariño y respeto» por el flamenco y dio las gracias por acompañarla los 25 años que lleva con su compañía privada. «Se lo debo todo al público y me dejaré el alma, el corazón y lo que haga falta en esta ciudad», afirmó, y bromeó, al ver la calurosa acogida: «Hace más calor aquí que en Cádiz».

Tras dejarse la piel en el escenario, Sara Baras y su compañía se desplazaron con los trajes que lucieron en el espectáculo a Times Square, la plaza repleta de luces de neón que concentra a cientos de extranjeros y neoyorquinos a cualquier hora del día y de la noche. Con temperaturas rozando los cero grados, los artistas bailaron con ganas y a pecho descubierto para asombro del improvisado público. «¿Pero esto qué es?», se preguntaba una pareja de turistas hispanos. Aquello era el rodaje de un documental que está preparando Miguel Marín sobre los 25 años del Flamenco Festival en la capital de los rascacielos.

El maestro ruso Mikhail Baryshnikov se arranca a bailar con Manuel Liñán, en presencia de Jessica Lange e Isabella Rosellini.
El maestro ruso Mikhail Baryshnikov se arranca a bailar con Manuel Liñán, en presencia de Jessica Lange e Isabella Rosellini.Matt Karas

La entrega de los espectadores no sólo la perciben los artistas. Se palpa, se ve y se escucha en cada uno de los espectáculos programados. El viernes, una hora antes de la actuación de Sara Baras, decenas de aprendices acudían a una clase de flamenco por parte de Xianix Barrera, neoyorquina de padres hispanos y maestra de danza en varios colegios públicos de Nueva York. «Apple in your pocket», instruía a sus alumnos, evocando el clásico «cojo la manzana, la como, la tiro…».

Patricia Guerrero, directora del Ballet Flamenco de Andalucía y también Premio Nacional de Danza, ya pasó por el City Center el año pasado y la acogida fue espectacular. «El público estadounidense es emoción pura y este arte les apasiona, les mueve y les motiva», explica. En similares términos se expresa el cantaor José Valencia. «El flamenco es una música muy visceral y anárquica. Les gusta mucho a los americanos porque es una manera de liberarse. Y nosotros somos los libertadores de todos los sitios por los que vamos actuando», bromea.

A Pedro el Granaíno se le ilumina la cara cuando se le pregunta por la ciudad de los rascacielos. Corría 2010 y el artista cantaba en la compañía de los Farrucos. El crítico de The New York Times se fijó en su voz y la puso por las nubes. Meses después, triunfó en el Festival de Jerez. «Fue la antesala de todo lo bueno», rememora. «Con el maestro Paco de Lucía fui varias veces a Nueva York, y cada año aparecían más aficionados. Entonces era una música que estaba en ebullición. Todavía lo está», opina el guitarrista y compositor Juan Manuel Cañizares. Para la cantaora Rosario La Tremendita, que actuó ayer, la ciudad tiene «una energía muy especial» que le recuerda, incluso, a la Sevilla de la Feria de Abril. «Te pega un subidón cuando atraviesas de noche el puente de Brooklyn y ves las luces. Luego, en Times Square, con el humo, la gente comiendo, las luces… Igualito que la Feria», describe.

Para subidón el que experimentó Ángeles Toledano en su debut neoyorquino con el público en pie, pidiéndole a gritos «one more». «Esto es diferente, llega al corazón», afirma emocionado Jem, nacido en Turquía, pero afincado en Nueva York desde hace 27 años. A su lado, Eileen, neoyorquina de pura cepa, asiente: «Hay una conexión muy profunda». Ya en el camerino, la cantaora saborea las mieles de su estreno con los pies en el suelo: «Todavía soy una aprendiz de este arte».

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