Tracey Emin se desangra y revive en la Tate Modern: «No pierdo el tiempo en mi segunda vida»

<p><i><strong>My bed</strong></i>, la famosa cama deshecha que dio a conocer a <strong>Tracey Emin</strong>, se entrecruza a mitad del recorrido de <i><strong>A second life</strong></i> (<i>Segunda vida</i>), la primera exposición retrospectiva que la <strong>Tate Modern</strong> de Londres dedica a la artista conceptual británica. Condecorada en 2024 como <i><strong>dama</strong></i><strong> de la Orden del Imperio</strong> y considerada <strong>»tesoro nacional»</strong> en medios liberales, Emin rozó la muerte por complicaciones de salud en los últimos años y, realmente, ha emprendido una nueva etapa vital que, fiel a sus distintivas señas creativas, ha plasmado en su arte. La muestra incluye originales realizados en diversos materiales desde la década de los 80 y está abierta al público hasta finales de agosto.</p>

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 El museo londinense recorre cuatro décadas de creación de la dama británica en la exposición A Second Life, su primera muestra retrospectiva  

My bed, la famosa cama deshecha que dio a conocer a Tracey Emin, se entrecruza a mitad del recorrido de A second life (Segunda vida), la primera exposición retrospectiva que la Tate Modern de Londres dedica a la artista conceptual británica. Condecorada en 2024 como dama de la Orden del Imperio y considerada «tesoro nacional» en medios liberales, Emin rozó la muerte por complicaciones de salud en los últimos años y, realmente, ha emprendido una nueva etapa vital que, fiel a sus distintivas señas creativas, ha plasmado en su arte. La muestra incluye originales realizados en diversos materiales desde la década de los 80 y está abierta al público hasta finales de agosto.

«Lleva una vida más moderada. Ahora se tumba en la cama para reposar, no para recuperarse de un amor roto. Tracey dice, ‘no pierdo el tiempo en mi segunda vida'», cuenta María Balsham, directora del conjunto de museos Tate. Se despide de la institución, tras diez años al frente, con este gran homenaje a Emin, el espíritu más rebelde del colectivo Jóvenes Artistas Británicos (YBA), que dominó la movida y el arte en los años 90 y el inicio del siglo XXI. A sus 62 años, se ha erigido en mecenas de nuevas generaciones en su natal Margate, frente al Canal de la Mancha, donde ha fijado residencia y estudio, además de abrir una escuela de arte, talleres y pisos de renta asequible y sentar los planes de su fundación.

Vida y obra son inseparables en Emin. Ha tejido una «rica y compleja» carrera, según remarca Balsham, en telas, esculturas, pinturas, fotografías, videos y textos biográficos, desde los primeros gritos contra la violencia sexual y la misoginia hasta la calma espiritual de creaciones más recientes. Entre las obras iniciales, La Tate recupera My Major retrospective II (1982-1992) una serie de fotografías de cuadros y otros trabajos realizados cuando estudiaba en la Royal Academy of Arts que destruyó poco después.

Emin cuenta su violento despertar sexual, cómo le violaron con 13 años antes de tirarse a medio Margate en explosiones de descontrol, en Why I Never Became a Dancer (Por qué nunca llegué a ser bailarina). En el vídeo, al ritmo de You Make Me Feel (Mighty Real), de Sylvester, se venga de los hombres que dinamitaron su actuación en un concurso de danza con gritos de «puta, puta, puta».

En The Last of the Gold, de 2002, compone un manual de supervivencia con collages de cartas y relevantes frases sueltas. «Esta manta es una guía del aborto. Te dice lo que debes hacer y lo que no», explica en una nota pegada a la pared de la sala. Poco después, aparece una caja con pares de zapatitos de bebé en memoria de dos interrupciones de sendos embarazos que experimentó. «Una fue horrible y casi me mata. La otra, posiblemente, me salvó la vida», recuerda.

Emin se siente espiritual, trascendental, serena ante el más allá, pero el recorrido por las secciones de la exposición provoca tristeza e, incluso, frialdad. En su obra, expone sin pudor su cuerpo, el impacto de la operación de cáncer, la bolsa que le insertaron tras la cirugía de vejiga y simboliza la sangre vertida en extensas manchas y chorros de pintura roja. En el montaje de Mi Cama, la comisaria recuerda que cada pieza de detritus, desde pitillos medio consumidos, a tubos de tampones o de pasta de dientes, se guarda en sobres de plástico como si fueran pruebas forenses, que se examinan cada vez que se exponen al público. «Tracey quiere que la gente sienta la cama como si fuera suya y reflexione después», resalta la directora de la Tate.

Harry Weller, que trabaja con Emin desde hace 17 años, reconoce que la muestra «es dura» y aboca a los grandes cuadros de la Segunda Vida, cuando ya ha «trascendido el trauma, está viva». Esta sección está marcada por una serie de autorretratos sobre lienzo en los que la protagonista se desangra bajo las sábanas, porta las cenizas de su madre o descansa en la cama bajo un aura casi celestial. «Tracey es salvaje en el estudio. Chilla, golpea las telas y actúa cuando siente que ha descubierto algo nuevo en su interior», describe su asistente. «Meet me in heaven, I will wait for you» (Nos vemos en el Cielo, estaré esperándote) se lee en un neón instalado sobre un enorme bronce del cuerpo de la artista.

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