Esta es la columna que estaban esperando, otro periodista mayor hablando de Bad Bunny. Como gancho les diré que posiblemente sea uno de los pocos de esos que ha ido y el único que ha ido pagando. El del martes en el Metropolitano fue el primer concierto de mi hija Lola, que acaba de cumplir 12 años. Habíamos decidido que se estrenaría con Ginebras, un grupo acorde con la senda musical a la que he intentado encaminarla y que ella ha fingido seguir, pero no le puedes poner puertas al campo ni al reguetón.
Estamos asistiendo a un ridículo duelo entre la izquierda cuqui y la derecha rancia, mientras Benito baila. No entienden que la música en directo no se analiza, se siente
Esta es la columna que estaban esperando, otro periodista mayor hablando de Bad Bunny. Como gancho les diré que posiblemente sea uno de los pocos de esos que ha ido y el único que ha ido pagando. El del martes en el Metropolitano fue el primer concierto de mi hija Lola, que acaba de cumplir 12 años. Habíamos decidido que se estrenaría con Ginebras, un grupo acorde con la senda musical a la que he intentado encaminarla y que ella ha fingido seguir, pero no le puedes poner puertas al campo ni al reguetón.
Con el paso del tiempo, la infancia y la relación con tus padres dejan de ser una película para convertirse en un álbum de fotos. La avalancha de vivencias de la juventud difumina el relato, pero permanecen en el desván de la memoria ciertos momentos clave que desatan instantáneamente el viejo amor incondicional, ese que sé que Lola está a punto de empezar a perder poco a poco. El primer concierto es uno de esos momentos. Si me dices «Bruce Springsteen, en el Calderón en 1988″, corro a llamar a mi padre con cualquier excusa.
Ese es el nexo eterno que esperaba crear con Lola. Incluso le dejé elegirme el outfit, a riesgo de exacerbar mi ridículo de cuarentón fuera de sitio. Las cosas que hacemos por amor… Al día siguiente leí a Jorge Bustos: «Una sensibilidad bien formada jamás permitiría que la onda martirial de Benito alcanzase a sus allegados. Imagine exponer a un hijo a semejante estallido de guturalidad primitiva». ¡Hostia! Lo de simple lo sabía, pero ahora también soy mal padre. Y, encima, con camisa hawaiana. Algún día discutiremos si es peor un cuarentón que se cree veinteañero o uno que nació octogenario.
Me llevo bien con Jorge, pese a que la única idea que compartimos es que el sitio bueno en toda fiesta es acodado en la barra, pero… («le quiero, pero…» es el lema que llevaban escrito Bruto y Judas en sus túnicas aquellos días). Estamos asistiendo con Bad Bunny a un ridículo duelo entre la izquierda cuqui y la derecha rancia. Los primeros esperaban que un tipo que canta principalmente sobre culos interpretara Libertad sin ira rodeado de bailarinas con pantalón de pana. Largo, por supuesto. Lo de hacer tratados sociológicos con La Casita, una sala VIP mejor vendida, es especialmente cómico. Y los segundos, que no le perdonan su desafío a Trump, por fin pueden recuperar su añorado puritanismo tras tanto tiempo fingiendo ser adalides de la libertad contra la temible censura woke: «¡Mira cómo bailan! ¡Mueven el culo!». Así desde Elvis.
Es la amargura de quien no entiende que la música en directo no se analiza, se siente. «Disfrutad las cosas pequeñas de la vida. Bailad y amad sin miedo», pidió Benito al inicio del show. ¿Pequeñas?
«Me ha encantado, papá, pero prefiero Ginebras», me dijo Lola cuando salía radiante del estadio, con esa felicidad pura de los niños que cada vez asoma menos entre las turbulencias de esa adolescencia que ya avisa. En ese momento en que me mintió de manera tan descarada, mientras aún se le iban los pies pero no la sonrisa, entendí que cada euro había merecido la pena. Dentro de 30 años, alguien le nombrará a Bad Bunny y sonará mi teléfono. Y seré feliz.
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