Anticristos, alcohólicos, sodomitas

Mi relación con La conjura de los necios es la oficial, al menos en mi generación y mi tribu. Era inevitable leerla con veintitantos. Pocas veces uno podía zamparse un clásico contemporáneo que consiguiera provocar una risa genuina, la que se escucha a través de la pared. No había piso compartido donde no se asomara la legendaria edición de bolsillo de Anagrama y, cuando el también legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que me resultó el entrelazado de tramas y personajes, un elenco tan grande como el de un culebrón venezolano o una saga con dragones. La estructura de La conjura de los necios, un laberinto de complejidad desatada donde absolutamente todos los personajes encuentran la salida, me dejó boquiabierto, también por tratarse de una novela en la que, en realidad, no pasa casi nada.

 El protagonista de La conjura de los necios responde a un arquetipo contemporáneo. el individuo que se presenta como experto en todo pero es incapaz de nada. Ahora, tiene versión de cómic.  

Mi relación con La conjura de los necios es la oficial, al menos en mi generación y mi tribu. Era inevitable leerla con veintitantos. Pocas veces uno podía zamparse un clásico contemporáneo que consiguiera provocar una risa genuina, la que se escucha a través de la pared. No había piso compartido donde no se asomara la legendaria edición de bolsillo de Anagrama y, cuando el también legendario cómico Ignatius Farray emergió de una cueva de Tenerife conectada con el subconsciente de todos los demás humoristas, todos captamos la referencia tras su nombre artístico (sin caer en el parecido físico entre Ignatius y John Kennedy Toole). Además de las risas, recuerdo de aquella lectura lo espectacular que me resultó el entrelazado de tramas y personajes, un elenco tan grande como el de un culebrón venezolano o una saga con dragones. La estructura de La conjura de los necios, un laberinto de complejidad desatada donde absolutamente todos los personajes encuentran la salida, me dejó boquiabierto, también por tratarse de una novela en la que, en realidad, no pasa casi nada.

Este recuerdo se quedó patas arriba tras escuchar una de las revelaciones que el generoso escritor Jason Pargin nos regala diariamente en sus redes sociales. En cinco minutos repasa los muchos misterios y brujerías que rodean este libro, las que ya conocíamos y una nueva: en realidad, La conjura de los necios es una novela futurista. El protagonista, esa combinación de lo peor de Don Quijote y Sancho Panza en un solo organismo, responde a un arquetipo que no existía en la época en la que fue escrito y que no nacería hasta la llegada de Internet. O sea, el individuo que se presenta como experto en todo pero es incapaz de formar parte de nada. Alguien que ha sacrificado la vida en sociedad para poder ejercer la misión autoimpuesta de expresar su perpetuo desprecio online hacia el resto de la humanidad (los necios) y la mediocridad del presente que le ha tocado vivir (la conjura).

Quién me iba a decir a mí que este descubrimiento y la ganas de releer la novela llegasen a pocos días del lanzamiento de la adaptación al cómic a cargo del mismísimo Albert Monteys, publicada por Astiberri. Monteys es una persona que se aburre a una velocidad de vértigo, y en consecuencia sus cómics son una avalancha de ideas y trucos, algo que ya situó su espectacular interpretación de Matadero 5 en las antípodas de la mortecina tradición de clásicos ilustrados. Nadie se esperaba que repitiese la hazaña con una obra aún más intocable, pero ahora, mirando las primeras páginas, es de cajón: sólo un autor tan vivo como él es capaz de resucitar uno de los libros menos muertos de la historia.

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