‘Digger’: Iñárritu y Cruise cavan la fosa de la sensatez (****)

Se diría que le ha cogido el gusto a ser vilipendiado, maltratado o, dado el caso, hasta odiado. Esa obsesión por convertir cada accidente de su propio ego en un espectáculo global, irreflexivo y desproporcionado —siempre empeñado en venderse como ángel redentor de la humanidad e incluso del mismo cine— le ha colocado en un lugar casi paródico: autoindulgente hasta la exasperación, mesiánico de puro arrogante y ridículo por necesidad. Sea porque tiene demasiados premios Oscar o sea porque aún no tiene suficientes, el caso es que cada una de sus películas es casi por obligación un acontecimiento planetario. Hablamos, claro está, de Alejandro González Cruise. De él y de Tom Iñárritu. Cienciólogo uno, cristiano redentor el otro. O al revés. Espíritu y santo. Sea como sea, los dos, que es uno, han acabado por ser mártires de su narcisismo en el más narcisista de los tiempos.

 El director y el actor se asocian en una ampulosa, exagerada, ruidosa, superficial, no tan divertida como pretende y, sin embargo (o, precisamente por ello) irrenunciable ejercicio de cine desmedido y entrañablemente odiable. Más que película, cuenta como autolesión  

Se diría que le ha cogido el gusto a ser vilipendiado, maltratado o, dado el caso, hasta odiado. Esa obsesión por convertir cada accidente de su propio ego en un espectáculo global, irreflexivo y desproporcionado —siempre empeñado en venderse como ángel redentor de la humanidad e incluso del mismo cine— le ha colocado en un lugar casi paródico: autoindulgente hasta la exasperación, mesiánico de puro arrogante y ridículo por necesidad. Sea porque tiene demasiados premios Oscar o sea porque aún no tiene suficientes, el caso es que cada una de sus películas es casi por obligación un acontecimiento planetario. Hablamos, claro está, de Alejandro González Cruise. De él y de Tom Iñárritu. Cienciólogo uno, cristiano redentor el otro. O al revés. Espíritu y santo. Sea como sea, los dos, que es uno, han acabado por ser mártires de su narcisismo en el más narcisista de los tiempos.

Digger, en consecuencia y con sus autores omnipresentes y fundidos en un solo ser en cada plano, es película, pero, sobre todo, es síntoma. O enfermedad incluso. Leerán aquello de «el mayor fiasco del año». No se asusten, está en su naturaleza. Pocas cintas ha dado el cine reciente tan fácilmente odiable, tan suculenta para el escarnio, tan descabellada de principio a fin y, sin embargo (o, precisamente, por ello), tan irrenunciable. Como mirar el fondo de un abismo, como caminar despacio a un precipicio… y lanzarse a él. El cúmulo de errores es, si se quiere, hasta sencillo de enumerar. Como la comedia paródica que quiere ser está claro que imita los modales de Dr. Strangelove (en español creativo, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú), de Stanley Kubrick, pero sin arrancar ya no solo una carcajada, sino siquiera una sonrisa (bueno, la referencia a Al Gore es simpática). Como revelación de la tristeza del autoengaño en que vivimos es difícil no acordarse de Network, un mundo implacable, pero (y pese a que copia el mítico monólogo mesiánico de Howard Beale, el personaje de Peter Finch) sin su fuerza moralmente arrebatadora. Eso sí, No mires arriba, a lo que más se parece Digger de lo último visto, parece una comedia romántica comparada a su lado. Por lo demás, las interpretaciones son todas, con la excepción de un muy brillante Riz Ahmed, exageradas, brechtianas en su sentido menos conveniente y muy pueriles.

Por resumirlo mucho, se podría decir que Digger más que película cuenta como autolesión. Y sin embargo, no hay forma de resistirse a tanto desgarro, tanta osadía, tanta falta de pudor cruisiano o iñaturrrista (por la turra), como se quiera.

La propia cinta ofrece coartada y explicación al desvarío en el que vive. En el que su gran golpe de efecto al final del primer acto (del que no se puede contar más que lo justo puesto que la sorpresa se anuncia como grande), la película se ofrece al espectador consciente de sí misma como representación de una representación, fabulación de una fábula, relato de relato. Y hasta aquí se puede leer. Lo que se discute es la propia naturaleza de la ficción en un tono algo menos reflexivo que lo hacía Synecdoche, New York, de Charlie Kaufman, pero igual de exorbitante. En el ideario de Digger, la ficción no ordena los hechos ni mucho menos les da sentido, simplemente los oculta, los manipula, los tortura si es preciso. La verdad es solo imposición. La verdad es posverdad. Digamos que el posmodernismo narcisista en la era de la propaganda en línea alcanza en manos de Cruise-Iñárritu su versión más alegremente desfondada, petulante y fatal. E irresistible también. Y así hasta que la propia película se atreve a ofrecer una descarnada refutación de sí misma. Suena enrevesado, incompresible y laberíntico, y, en verdad, no lo es tanto. Todo en Digger, otro de sus defectos, es debidamente sobreexplicado y, lo más doloroso, predicado.

Se cuenta la historia del que se presume es el hombre más poderoso del planeta. Digger Rockwell (Cruise) es un rico hacendado, texano para más señas, y perforador incansable en busca de petróleo, gas y todo combustible fósil que se precie de serlo. Estamos en el momento en el que, como explica el personaje de Riz Ahmed, el tan temido CO2 ya no es problema. El calentamiento de la atmósfera ha llegado a tal punto que, licuado el permafrost, la amenaza ahora es el metano que se escapa de las entrañas de la Tierra. Pasará. El mundo vive asolado y desolado. Sin remedio. Los tsunamis arrasan continentes y la pregunta que se hacen los gobernantes del planeta es la recurrente: cómo hemos sido capaces de llegar hasta aquí, cómo hemos hecho para alarmarnos a la vez que nos negábamos a renunciar ni a uno solo de nuestros hábitos fósiles. Y ahí estamos, llorando por el calentamiento global y secando ríos para hacer carteles de fiestas populares con la IA. Cuando llegue el momento de buscar responsables, será Digger el que se limite a contar la verdad, que no es más que la última gran mentira. Y así.

A su modo, barroco y ajeno al sentido de la medida, la propuesta de Iñárritu se acerca bastante a la más clásica de las paradojas: la del mentiroso. Ya saben, si el enunciado «Esta oración es falsa» es verdadera, entonces lo que dice es verdad, por lo tanto, la oración es falsa. Si, en cambio, es falsa, entonces es verdad que la oración es verdadera. No hay modo. Si lo que mantiene Digger sobre la mentira de cualquier ficción se acepta como sagaz, oportuno o solo verdad, no queda otra que refutar a la propia película como la ficción desnortada que es. Y es este contrasentido el que nutre el corazón de una película concebida, consciente o inconscientemente, para ser destripada, vapuleada y, ya se ha dicho, odiada. Y eso, lo crean o no, la enriquece, la blinda y la hace muy nutritiva para asuntos tan oportunos como la cancelación, la ofensa y la indignación. Como enriquecedoras y con mucha fibra son las aportaciones de una dirección de arte extraña, deslumbrante e irritante (todo en uno), de una música disonante e incómoda de Cosmo Sheldrake y de una fotografía hambrienta de sueño de Emmanuel Lubezki.

Así las cosas, se abre la veda. Es el momento de disparar a los pianistas. Iñárritu y Cruise han cavado la fosa al último resquicio de sensatez. Bienvenida sea semejante desfachatez en tiempos tan insensatos.

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Director: Alejandro González Iñárritu. Intérpretes: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Jesse Plemons. Duración: 128 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

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