El castillo: La España putera, narrada desde la normalidad asumida de la cultura de la violación (****)

La casualidad o el destino ha querido que el mismo día que el Festival de San Sebastián proyectaba El castillo en su sección oficial, al lado, en el espacio conocido como Perlas y que reúne lo más destacado de otros certámenes, hiciera otro tanto con Josephine, de Beth Araújo, película premiada tanto en Sundance como en Berlín. En la primera se habla de prostitución, de la prostitución en España, uno de los países, lo dicen las estadísticas, más puteros del planeta (en Europa vamos a la cabeza). En la segunda, se cuenta entre el escalofrío y el pánico una violación contemplada desde los ojos de una niña de ocho años. «Toda violencia ejercida sobre una mujer y justificada de algún modo por razones culturales o sociales tiene un nombre y un mismo origen: se llama cultura de la violación», comenta la estadounidense Araújo. Ella habla de lo suyo, pero, lo que son las cosas, acaba por hablar de lo de al lado. Y sigue: «Lo vemos todos los días en las calles. Lo que hace el ICE en mi país obedece a lo mismo: si alguien se cree en el derecho de violar [pagando o no por ello, cabría añadir], se ve capaz de cualquier barbaridad».

 La producción de Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero, desde ya la serie española del año, relata con una claridad desusada la evolución de la trata ilegal de mujeres y de la prostitución en uno de los países más puteros del mundo: España  

La casualidad o el destino ha querido que el mismo día que el Festival de San Sebastián proyectaba El castillo en su sección oficial, al lado, en el espacio conocido como Perlas y que reúne lo más destacado de otros certámenes, hiciera otro tanto con Josephine, de Beth Araújo, película premiada tanto en Sundance como en Berlín. En la primera se habla de prostitución, de la prostitución en España, uno de los países, lo dicen las estadísticas, más puteros del planeta (en Europa vamos a la cabeza). En la segunda, se cuenta entre el escalofrío y el pánico una violación contemplada desde los ojos de una niña de ocho años. «Toda violencia ejercida sobre una mujer y justificada de algún modo por razones culturales o sociales tiene un nombre y un mismo origen: se llama cultura de la violación», comenta la estadounidense Araújo. Ella habla de lo suyo, pero, lo que son las cosas, acaba por hablar de lo de al lado. Y sigue: «Lo vemos todos los días en las calles. Lo que hace el ICE en mi país obedece a lo mismo: si alguien se cree en el derecho de violar [pagando o no por ello, cabría añadir], se ve capaz de cualquier barbaridad».

Valga la reflexión precedente para ampliar la perspectiva que es, básicamente, lo que hace El Castillo, la serie pensada y dirigida a ocho manos por Isabel Peña, Eduardo Villanueva, Elena Martín y Sandra Romero. Su mayor virtud, por situar la conversación, consiste en no caer en ninguna de las tentaciones ni las trampas ni las frases hechas de un relato que mezcla a la vez policías, putas y chulos, probablemente tres de los arquetipos que más veces ha repetido el cine a lo largo de su historia desde Lirios rotos, de D. W. Griffith, a Taxi Driver, de Martin Scorsese, pasando por Pretty Woman, de Garry Marshall. La suya es una mirada consciente y provocadoramente nueva. «Hemos querido deshacernos de las imágenes en las que hemos sido educadas», dice Elena Martín. En las dos escenas de sexo que contiene una serie de cinco horas toda ella sobre sexo, la cámara se detiene en la cara del putero, que no de ella. ¿Qué siente exactamente? Deseo, poder, vergüenza o piensa en otra cosa como, con toda seguridad, hace ella. En esta nota, digamos, se afina cada plano de El castillo con una claridad y firmeza que asustan.

Tanto la escritura de Peña y Villanueva como la dirección de Martín y Romero retratan con realismo sin dejarse seducir por el recurso de la sordidez y se hacen cargo del drama manteniéndose en el lugar contrario del folletín. Impresiona la claridad, sorprende la energía y descorazona la certeza de lo contemplado. Todo discurre con crudeza, pero sin aspavientos; con el gesto frío y seco de lo insoportablemente común. Al fin y al cabo, lo que parece tan tremendo, en verdad, es lo que hemos acabado aceptando por normal, llámase cultura de la violación o, como decía hace poco la cineasta que ganara el León de Oro en Venecia, «el cuerpo de la mujer como campo de batalla».

Para situarnos, la serie discurre a finales de los años 90. Lo explica justo al final de la primera de las seis entregas un rótulo: «El primer macroburdel de España se empezó a construir en 1999. No existen datos oficiales del número de mujeres de deuda [en referencia al sistema para retenerlas] que han llegado a nuestro país entre 1996 y 2023. La trata ilegal de mujeres no se consideró delito en España hasta 2010». El castillo discurre en tres escenarios con tres protagonistas en cada uno de ellos. Raúl Arévalo encarna al proxeneta que en la España del boom —en la España «del volquete de putas»— descubre la posibilidad del más rentable (y ni siquiera fuera de la ley del todo) de los negocios. Claudia, a la que da vida la actriz colombiana, debutante y auténtico descubrimiento Valentina Vidal, guía el relato de la verdadera protagonista, la víctima. Y luego está la trama policial, la que animan Omar Ayuso y Laia Marull desde la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales), un cuerpo, apodado casi con desprecio como «el de las putas».

La serie, basada en el libro de Mabel Lozano El proxeneta, tiene en el sistema referido, el de la deuda, su clave y motor tanto de la tragedia de las mujeres como de la propia intriga que mantiene en pie la acción. Es sencilo. Y cruel. Una mujer, probablemente menor y, con toda seguridad, indefensa es tentada a viajar a Europa para allí, hacer dinero y devolver algo de prosperidad a los suyos. Los países van cambiando: Colombia, luego Panamá, antes Brasil y siempre Rumanía y Nigeria. La libertad, o el fin de la simple esclavitud, llegará cuando, en efecto, se abone una deuda que crece, y crece. Que crece tanto como, otra vez, la cultura, o lo que sea, de la violación.

Un Raúl Arévalo descomunal en su más amplio sentido logra el milagro triste de convertir su aspecto terrorífico (cabeza rapada y 20 kilos de más) en la apariencia de cualquiera. Y eso no es agradable. El terror que infunde por su sola presencia acaba por ser un miedo callado, compartido y demasiado común; un miedo que apenas se reconoce como tal en su más pavorosa normalidad. Digamos que ése es el gran logro de una serie que no busca héroes ni culpables fácilmente localizables ni mucho menos catarsis de thriller ortodoxo; una serie que hace de la transparencia su oficio. Todos, desde las leyes tan vagas como permisivas (la trata ilegal de mujeres no se consideró delito en España hasta 2010) a la ineficacia de la policía pasando por la evidencia de la buena marcha de un negocio con clientes en todos los estratos sociales y locales en todas las carreteras nacionales de España, acaban por ser solo síntomas de una enfermedad no tan oculta ni tan avergonzada como cabría deducir por el dolor provocado.

El resultado es, por orden: a) la serie española del año; b) un ejemplo de dirección medida, precisa y empeñada en algo tan básico como mirar las cosas por primera vez y para siempre; c) un golpe bajo a la autoestima de cualquier sociedad que se quiera digna, y d) la certeza de que si alguien se cree en el derecho de violar [pagando o no por ello, cabría añadir], se ve capaz de cualquier barbaridad. Y en ésas estamos, que, por resumirlo mucho, es mal.

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