Bilbao fue la plaza de Pedro Gutiérrez Moya «El Capea» y Enrique Ponce. Y lo va a ser de Marco Pérez, que echó una tarde de figura del toreo, únicamente frenada por la espada. La tarde más transcendental de su carrera. Marco bebe en las fuentes de Capea y Ponce, y este viernes, además, bordó todo lo que propuso con brillo, solvencia, soltura y calado. Conviene decir cuanto antes que Domingo Hernández lidió una corrida sensacional: tres toros de un nivel superior, en diferentes grados de excelencia, y dos más que se prestaron con menos nota. Solo uno falló con estrépito. David de Miranda cortó una oreja con muchísima fuerza en un ejercicio de estoicismo brutal. Pudo ser doble el premio si se coloca frente al espejo del trofeo de Sebastián Castella. No tuvieron el mismo peso. Ni siquiera con la última que obtuvo Pérez: salió ganador de ese triple empate en el marcador.
Firma la actuación más trascendental de su carrera solo frenada por la espada y corta una oreja como David de Miranda, que conmociona con su concepto, y Castella; extraordinaria corrida de Domingo Hernández
Bilbao fue la plaza de Pedro Gutiérrez Moya «El Capea» y Enrique Ponce. Y lo va a ser de Marco Pérez, que echó una tarde de figura del toreo, únicamente frenada por la espada. La tarde más transcendental de su carrera. Marco bebe en las fuentes de Capea y Ponce, y este viernes, además, bordó todo lo que propuso con brillo, solvencia, soltura y calado. Conviene decir cuanto antes que Domingo Hernández lidió una corrida sensacional: tres toros de un nivel superior, en diferentes grados de excelencia, y dos más que se prestaron con menos nota. Solo uno falló con estrépito. David de Miranda cortó una oreja con muchísima fuerza en un ejercicio de estoicismo brutal. Pudo ser doble el premio si se coloca frente al espejo del trofeo de Sebastián Castella. No tuvieron el mismo peso. Ni siquiera con la última que obtuvo Pérez: salió ganador de ese triple empate en el marcador.
A las 18.55, comenzó el recital de Domingo Hernández: las mulillas arrastraban, entre la ovación del público, a Maicero, un prodigio de estilo y flexibilidad, ritmo y, sobre todo, profundidad. Definida su preclara humillación desde los primeros lances, anunció el caro son de su sangre, esa bravura sin inercias tan cotizada, que exige precisión y calidad. O que tengas mucho arte, mucha clase o seas muy buen torero (Sergio Moreno dixit). David de Miranda se queda muy quieto. Firmó con este excelente Maicero -el toro de la feria con permiso del sexto- un entonado debut en Vista Alegre, penalizado por la espada, sí. Pero siempre faltaba algo en la faena que prologó por estatuarios y epilogó por manoletinas. Ese algo que falta, a mi modo de entender, es al menos un muletazo más por tanda. Y, sobre todo, enganchar las embestidas. La obra, por contra, no fue corta como las series. Toreó como siempre más suelto por la mano izquierda, sellando una primera ronda y un cambio de mano superiores. Por las dos embistió el toro que pedía el toreo. No hubo lugar al arrimón con el que Miranda dispara su concepto. Eso vendría después.
Todo lo contrario hizo un sensacional Marco Pérez con el tercero bis, también de Domingo Hernández, un tío. Marco esperó, enganchó y, en este caso, tapó las embestidas. Otro tipo de embestida más remisa, no tan humillada y, por tanto, sin clase. De hecho, el grandón toro manseó todo y más con un fondo obediente al mando del joven salmantino, que se encajó de verdad, muy roto y templado con el toro. De hecho, más de verdad y templado que nunca. Una serie zurda fue colosal. Extraordinario el tipo. Si llega a enterrar la espada, hubiera sido un aldabonazo fuerte. Pero fue la única vez que se aceleró.
Afortunadamente, David de Miranda arregló luego su descosido ante un quinto de portentosa cabeza y cuerpo menor, un toro con la medida de la duración y la humillación exacta, lo suficientemente mirón y obediente, para que explorara el parón en toda su dimensión. Tremebundo de aguante y quietud del enhiesto ciprés de Trigueros. Los pitones sacaban virutas del oro de la taleguilla. La gente se emocionó de veras, y convulsionó con el bárbaro volapié, cuando el pitón le sacó el chaleco. La estocada en lo alto, la pasión también. El presidente Matías se frenó en una sola oreja y David de Miranda paseó dos clamorosas vueltas al ruedo.
A las 20.38, Marco Pérez brindó a Enrique Ponce. Ya venía embalado de haber firmado el mexicano quite de oro (Pepe Ortiz), cuando el toro sobrero hacía ya a todo con torrencial bravura. Otro pedazo de toro este Músico. No el más talentoso, pero sí el más llamativo. Marco se asentó sobre los riñones, hincado de rodillas, para torear en redondo. La faena rayó a la altura del toro, de trepidante ritmo, otra velocidad. Importante modo de embestir, importante la faena también. Vista Alegre bramaba. Un alboroto gordo en una serie sin soltar y en las luquecinas finales. Ya más para el público que todo lo bueno para el toro. Perfecto el entendimiento. Lo único que faltó fue haberse ido antes a por la espada. Volvió a pinchar otra faena de triunfo grande en los mismos terrenos de la anterior, frente a toriles. La gran estocada que siguió enmendó la plana.
Otro toro notable en la corrida fue el cuarto. Carrillón se llamaba. De características similares a Maicero, puede que sin alcanzar aquella excelencia. Un buen toro. A las 19.39, la plaza se estremeció cuando el toro le buscó las vueltas al caballo y acabó por encontrar al monosabio. La paliza fue de órdago y pudo ser peor. Sebastián Castella estuvo bien en una faena estandarizada con los mejores momentos en su izquierda.
«Te doy gracias, Señor, por no confundirme llamando ‘primavera’ lo que era solamente un invierno templado», escribió Rafael de León. Mató Castella con una estocada desprendida, y Matías se entregó a la petición… Aquí es donde la cosa comparativa cayó en el agravio con David de Miranda.
Muy lejos quedó aquel manso de libro en los albores de la tarde, uno de los dos cinqueños -1º y 5º- de la corrida de Domingo Hernández. Frentudo y sin cuello, badanudo y basto, huía incluso de su sombra. Nadie se hizo con él. Para cuando Sebastián Castella lo atronó con el último golpe de verduguillo, habían pasado 32 minutos desde el inicio del festejo y no había pasado nada. Todo pasaría después, y sería mucho.
Marco Pérez y David de Miranda mantuvieron una pugna por el corazón de Bilbao desde que a las 18.39 rivalizaron en quites. Pero Marco ganó por la proyección y dimensión mostradas. De figura del toreo, ya digo.
Plaza de Vista Alegre. Viernes, 28 de agosto de 2026. Quinta de feria. Un tercio de entrada. Toros de Domingo Hernández, tres cinqueños (1º y 5º) y el sobrero del mismo hierro (6º); de diferentes seriedades; excelente el 2º; notable el 4º; de torrencial bravura el 6º; manejable el 5º; el peor fue el manso 1º.
Sebastián Castella, de azul cobalto e hilo blanco. Pinchazo, estocada pasada, tendida y caída y dos descabellos (silencio); estocada desprendida (oreja).
David de Miranda, de pizarra y oro. Pinchazo, estocada pasada, tendida y caída y dos descabellos (silencio); gran estocada (oreja).
Marco Pérez, de azul pavo y oro. Dos pinchazos y estocada contraria (saludos); pinchazo y gran estocada (oreja).
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