Morante vuelve a demostrar en Sevilla por qué es el más grande de la historia

Morante de la Puebla decidió encaramarse en lo más alto del toreo, otra vez, encima de una tarde -¡qué tarde de toros!-, que demolió cuando el sol aflojaba para convertirse en el astro rey de Sevilla. Qué manicomio la plaza, qué locura desatada, qué torero José Antonio. Era de rabo, era de rabo, como el 26 de abril de 2023…

 El clamor empujó al genio de La Puebla a dar dos vueltas al ruedo apoteósicas tras pinchar una faena de rabo  

Morante de la Puebla decidió encaramarse en lo más alto del toreo, otra vez, encima de una tarde -¡qué tarde de toros!-, que demolió cuando el sol aflojaba para convertirse en el astro rey de Sevilla. Qué manicomio la plaza, qué locura desatada, qué torero José Antonio. Era de rabo, era de rabo, como el 26 de abril de 2023…

Cerca de las 19.55 horas, cuando aún se sentía lo bien que había estado Juan Ortega (sin rematar) y el eco de 20 naturales colosales de Víctor Hernández (rematando), el Dios dormido de La Puebla tronó desatando su fuego, su furia, un espectáculo descomunal, barriendo con todo. Una barbaridad de un calibre indescriptible, desbordado el manicomio, desde que soltó el capote a una mano, apoyada la espalda en las tablas, pasando la embestida como quien toma café en la barra del Donald. Pero, cuando agarró de nuevo el capote con las dos manos, el cielo se hundió en la tierra con unas verónicas inalcanzables, volcado el pecho entero en el lance; la hondura de aquello crujió los cimientos no ya de la plaza, sino de la historia del toreo.

José Antonio bajaba del Monte Sinaí con las tablas de los mandamientos, librando un fuego bíblico abrasador. A estas alturas se intuía que no iba a quedar nada ni nadie detrás de él. Inventó un quite por tijerillas que podía casi verse en blanco y negro a la velocidad de las películas de principios del siglo XX. El toro de Álvaro Núñez -qué debut tan memorable-, Colchonero por nombre, hacía cosas portentosas. De ritmo, humillación, clase. Y entonces, para sorpresa de todos, que se tocaban incrédulos y se frotaban los ojos, cogió las banderillas, sin destocarse de la montera. Un par al cuarteo delanterillo y apurado, con toda la cuadrilla al quite; otro formidable de dentro afuera, sin que el toro apretara tanto. Fue cuando pidió una silla de tijera al palco de los ganaderos, se sentó en ella y cruzó la piernas. Los tendidos callaron con un temblor de respeto. El par al quiebro los electrizó de nuevo. Una explosión también muy loca, el toro derrotaba contra la silla y la afición bramaba, abrazándose como náufragos en medio de aquella tempestad. El público se ahogaba en sus propios gritos.

Morante se sentó de otra vez en la silla, y fue Rafael en carne viva, Rafael el Gallo resucitado. La obra contuvo el ritmo portentoso de Wagner, el empaque de Ordóñez, el embroque de la verdad. Hasta que un natural como aquel de 2025 en Nazaré, pero todavía más redondo, más sideral colapsó Sevilla con su belleza cósmica. El Big Bang del origen del universo. Qué manera de torear tan estremecedora. Quien ha regresado sin irse es el más grande de la historia. Y lo ha vuelto a demostrar. La clase del núnez se escanciaba en los vuelos de aquella escultura enfrontilada y gloriosa. Cuando se fue a por la espada, se presentían los máximos trofeos, por la intensidad, por la genialidad desbocada, por el espectáculo total. Pero el acero se atascó repetidas veces como un madero en mitad de la gloria. La Maestranza aún así no se desinfló porque algo tan grandioso no se recuerda. Aquella pasión volcánica merecía la Puerta del Príncipe de una tacada. Pidieron la oreja, pero no hubo caso. El clamor empujó a Morante a dar dos vueltas al ruedo apoteósicas. Quedó la plaza luego sumida un tiempo en el temblor.

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