Georg Simmel, sociólogo alemán no necesariamente rico, definió los límites de la modernidad desde el puntual análisis de algo tan indefinible y líquido como el dinero. El dinero fluidifica todo lo que toca y lo convierte en materia intercambiable. El dinero unifica. El dinero hace desaparecer los rasgos identificables y únicos de lo distinto. El dinero posee la virtud de extender y diversificar las relaciones humanas a la vez que excluye todo lo personal y específico, todo lo sólido. Y, pese a ello, prodigios de la contradicción monetaria, nada tan metafórica, machista y obscenamente duro (con perdón) como el dinero. Un buen católico sabe que el dinero es pecado, que de dinero no se habla en la mesa, que el dinero no es marca de nobleza. Pero también sabe que el dinero es la puerta más directa de entrada en el cielo, que es él el que abastece la mesa y que sin dinero no hay título nobiliario que se mantenga.
El escándalo alrededor de Liliane Bettencourt da para una farsa desequilibrada que no encuentra su sitio entre la crónica rosa y la fábula moral
Georg Simmel, sociólogo alemán no necesariamente rico, definió los límites de la modernidad desde el puntual análisis de algo tan indefinible y líquido como el dinero. El dinero fluidifica todo lo que toca y lo convierte en materia intercambiable. El dinero unifica. El dinero hace desaparecer los rasgos identificables y únicos de lo distinto. El dinero posee la virtud de extender y diversificar las relaciones humanas a la vez que excluye todo lo personal y específico, todo lo sólido. Y, pese a ello, prodigios de la contradicción monetaria, nada tan metafórica, machista y obscenamente duro (con perdón) como el dinero. Un buen católico sabe que el dinero es pecado, que de dinero no se habla en la mesa, que el dinero no es marca de nobleza. Pero también sabe que el dinero es la puerta más directa de entrada en el cielo, que es él el que abastece la mesa y que sin dinero no hay título nobiliario que se mantenga.
La historia de Liliane Bettencourt en la que se inspira y hasta transcribe punto por punto (aunque se cambien los nombres) La mujer más rica del mundo, del director Thierry Klifa, es básicamente una historia de dinero. Con todas y cada una de sus paradojas. Lo que se ventila es el poder corrosivo de una sustancia (digámoslo así) que todo lo iguala, pero desde la mirada entre desvergonzada y solo hipócrita de los que saben que solo gracias a ella es posible diferenciarse de los demás. Y así. La película hace pie de este modo en el mayor escándalo de la historia de Francia para, entre el oportunismo y la crónica rosa, entre el docudrama y la fábula moral, también ella convertirse en el mismo dinero del que se ocupa y narra. Digamos que la vocación de convertirse en un éxito es tan evidente que, por momentos, roza la desvergüenza.
La historia es conocida. Allá en 2010, Françoise Bettencourt Meyers, heredera de la gran fortuna de la firma L’Oréal reclamó a la justicia que se incapacitase legalmente a su madre Lillianne. La hija aducía que la progenitora había sido víctima de una extorsión. El señalado fue el fotógrafo y escritor François-Marie Banier que desde 1987 había empezado a moverse en el entorno de la mujer más rica del mundo hasta convertirse en protagonista de un romance entre irreal y solo platónico (Banier era gay y tenía una joven pareja). Lillianne Bettencourt dejó de tener una vida oscura y muy respetable junto a su marido, un político gaullista con un oscuro pasado colaboracionista y antisemita, y empezó su particular vida loca. De repente, la seria y muy pudorosa reina de Francia se convirtió en imprescindible en todo tipo de fiestas siempre acompañada de su, a su modo, amante. El dinero, fiel a su naturaleza escurridiza, fue cambiando manos para solaz del fotógrafo y desolación de Françoise. Para terminar de complicar el asunto, el mayordomo también quiso lo suyo y utilizó su posición de privilegio para levantar acta de lo que veía y grabar meticulosamente lo que escuchaba. Y por allí, en un ovillo apretado de favores cruzados, comisiones y sobornos, quedó enredado hasta el mismísimo presidente de la República. Y todo, por ese empeño del dinero de fundir y mezclarlo todo.
La película sigue de manera tan fiel como apresurada cada uno de los acontecimientos de este laberinto monetario. De la mano de una Huppert siempre imperial y un Laurent Lafitte muy convincente, se relata lo que pasó, pero, y esto es lo más desazonante, de una manera tan didáctica como ausente de intención. Todos los esfuerzos de la protagonista por transcender la simple reportaje se dan de bruces con una dirección tan plana y líquida como, en efecto, el propio dinero que todo lo fluidifica.
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Director: Thierry Klifa. Intérpretes: Isabelle Huppert, Laurent Lafitte, Marina Foïs. Duración: 121 minutos. Nacionalidad: Francia.
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